18 de diciembre de 2016

Felicidad

Por si acaso me preguntan
diré que la felicidad es un olor a lluvia
que se cuela por la ventana
en una tarde gris de enero.

Que la he visto en los pies
de tres pequeños renegridos
pisoteando con fervor una hilera
de globos anaranjados y amarillos.

Que la he oído reír a carcajadas
detrás de un ocaso
mientras vos y yo esquivábamos los charcos.

Diré que me visita
cuando la noche trepa 
como una enredadera por las paredes 
de esta cárcel.

Por si acaso me preguntan
diré que la felicidad me toca
con sus manos tibias
aunque siempre se esté yendo
apenas asomada la mañana.  

10 de diciembre de 2016

Premoniciones

Nadie te quitará nunca
esa sensación de caída libre
que te entrega resignada
a las fauces de la muerte.
Como si saltases al mar
desde el promontorio leucadio;
primero un pie que se resbala
y nada de qué asirse a los costados.
Una corazonada inexorable
que antecede siempre a las fatalidades
y el dulce desconsuelo de esperar el sonido del cuerpo
penetrando en las profundidades saladas.

21 de noviembre de 2016

Esos ojos

(A Ana)
Hoy necesito
tus ojos de mirar el mundo.

Necesito
esa mirada tuya,
que le devuelva el color
a este gris ceniza
que se ha acomodado
al caer la tarde
de mi vida.

Hoy necesito
tus ojos de mirar el mundo:
ese brillo ingenuo
que no se ha gastado
ni siquiera al terminar el día.

Esos ojos
que me muestran
todo lo que me ha sido escondido.
Que le devuelven el sabor exacto
a los gustos que mi paladar ya no percibe.

Porque esos ojos
de mirar el mundo
reconstruyen a su paso
paisajes ignorados
de tanto ser repetidos.

Esos ojos
estarían siendo
la única esperanza
para recobrar
todo lo que he perdido.

18 de noviembre de 2016

Magia

Fabricó una noche para mí
a plena luz del día.
Vi su silueta recortarse
contra el cristal de la ventana
antes que la oscuridad
de una noche inventada
la devorase por completo.
Los sonidos del afuera
se apagaron de repente.
Los rayos de un sol enfurecido
se batieron a duelo contra las cortinas, inútilmente.

Fabricó una noche para mí
a plena luz del día.
Y esa fue la primera vez
(de tantas otras que vendrían),
que cenamos a la luz de las velas,
un obstinado mediodía.

13 de noviembre de 2016

(Ay, poeta)

Sin embargo vos tampoco pudiste
torcer la finitud de la vida.

Y sin embargo ahí estuviste
avanzando a campo traviesa,
llevándotelo todo por delante
(y negándote a mirar atrás).

Cruzando tempestades de silencios
(tuyos y de los otros),
haciendo de la ternura el último bastión
donde resguardarse del invierno,
exponiendo esos túneles subcutáneos
que te quemaron tanto la piel.

Ay, poeta,
sin embargo vos tampoco pudiste
torcer la finitud de la vida.
Si tan solo hubieses podido combarla,
aunque más no fuera desarticularla un poco...

Y sin embargo ahí estuviste
edificando siempre sueños para los otros,
comenzando y recomenzando cada vez,
resistiendo hasta el final.


11 de noviembre de 2016

Halloween

Viven en un colchón de media plaza
cubierto por una frazada que apenas alcanza
para mitigar los 6 grados de este frío otoñal.
Sus manos tiemblan,
sus ojos se entrecierran para cubrirse del viento,
sus pies asoman descalzos y sucios.
Esta noche es Halloween y el padre
le ha comprado a la pequeña
una bolsa repleta de caramelos.
La niña se olvida del frío por un instante;
come con toda la boca,
muerde con el cuerpo entero,
traga con fuerza y sus ojos brillan.
En un ejercicio casi mecánico,
el padre agita una lata
en la que resuenan tres o cuatro monedas.
También ríe. Y canta.
Al fondo de la avenida,
un Arco del Triunfo se erige inútil
confirmando una vez más que el mundo
no ha triunfado en nada.
En esta noche de Halloween,
el padre y la niña disfrutan
de una felicidad que les es ajena,
ignorando el contraste brutal
con los lujosos locales
que se recuestan sobre la Champs Elysèes.
En esta noche de Halloween,
bajo el cielo indiferente de París,
la torre Eiffel se oscurece por completo
para no iluminar la vergüenza de estos tiempos.
París, noviembre de 2016.  

20 de octubre de 2016

Guerrera

Yo he visto el arsenal en sus ojos:
el cargamento de furia que le atraviesa la mirada.

Yo he visto a los guerreros más sangrientos
declinar sus armas y emprender la retirada.

La he visto agazapada,
quieta,
inmóvil,
esperando la hora señalada.

Yo he visto a esa guerrera obstinada.
Pariéndose de nuevo con cada nueva estocada.

(Imagen: R.S.A. Artworks). 

17 de octubre de 2016

Siempre fuiste mi constante,
mi faro al final del túnel,
mis pies en tierra,
mi ancla en noches de tormenta.

Quiero decir
que para reconocerme
siempre tuve que tocarte.

14 de octubre de 2016

Como un experto
en el don de la acupuntura
la tocó en el punto preciso
donde se le amontonaban todos los miedos.

Giró el engranaje exacto
donde traccionaban todas sus tristezas.

Y despacito,
sin inmutarse siquiera,
hundió sus dedos en la carne
presionando suavemente para que nada le doliera.

12 de octubre de 2016

Lo dejó del modo más cobarde:
por la espalda.

Escapó por los tirantes de su vida
como huyen los ratones de los barcos.

No podía sostenerle la mirada,
menos iba a sostenerle
aquellas manos temerosas del adiós.

No escuchó las últimas palabras:
ni las suyas, ni las de él.

Se negó a verlo alejarse
para no sucumbir a la tentación de irse con él.


11 de octubre de 2016

Sudestada

Soy una bomba de tiempo.
Un dique sin represa a punto de rebalsar.
Un huracán descontrolado.
Un vendaval desbocado.

Soy dinamita en estado crónico de ebullición.
Un ciclón que arremete, desordenado.
Un tornado descompuesto.
Una tempestad sin religión.

Soy una granada en la mano equivocada.
Una tormenta que siempre acaba de empezar.
Un aguacero que sucede sin solución de continuidad.
Una sudestada que carece de principio y de final.

7 de octubre de 2016

Si me vas a romper...

Si me vas a romper algo
que sean los huesos,
no el corazón.

Rompeme los esquemas,
la paciencia,
las ganas.

Paralizame los signos vitales.
Inmovilizame la sangre.
Desollame la piel.

Rompeme todos los puntos cardinales,
arrasá con cada una
de mis funciones cerebrales.

Arrancame los ojos.
Dejame en carne viva.
No dejes nada sano.

Pero si aún así
decidís romperme el corazón,
asegurate que no quede nada en pie.

Que se haya roto
por completo,
Que no respire nunca más.

Es que verás,
no le encuentro ningún sentido
a andar por ahí con un corazón rengo y dolorido.

Hecho de esquirlas y fragmentos.
Todas trizas
que a duras penas se esfuerzan en latir.

4 de octubre de 2016

29 de septiembre de 2016

De las cosas imposibles II

Con la Maga no se puede nunca
dejar una discusión sin acabar.

Deberían ver cómo la acorrala,
con qué ganas la interroga,
la desnuda, la presiona,
no la deja en paz.

Deberían ver cómo la pone patas arriba,
el ahínco con que le vacía los bolsillos.
El gran cerco hecho de brazos
del que ni Mandrake puede escapar.

Deberían ver la precisión con que la desarma,
despojándole de una en una las esquirlas.
La estruja, la exhorta,
la ultima, la vacía.

Después la acuna con un canto suave
que la deja dormida.
Y sale en puntas de pie,
satisfecha de haberla vencido.

28 de septiembre de 2016

La noche más oscura

La noche más oscura es un túnel
sin memoria hacia la nada.
Un espejo roto en mil pedazos.
Un cantero con flores amarillas a los costados.

La noche más oscura es un acantilado
donde crecen madreselvas a contramano.
Una encrucijada en el desierto.
Un grito en retirada.

La noche más oscura
no tiene puertas ni ventanas.
Es un abismo insoslayable
en el que cada tanto busco acurrucarme.

27 de septiembre de 2016

Balances y pérdidas


Por qué recurrir siempre a la tragedia
a la hora de los balances y las pérdidas.

Lo tuyo es mío, lo mío es tuyo
y lo que era de los dos,
a quién le importa.

Afuera,
los pájaros bajan el ritmo de sus trinos.

Adentro,
una cama vacía se retuerce gritando verdades a destiempo.

16 de septiembre de 2016

Acorazado

Me blindé
justo antes que la espina
terminara de esparcir
su torpe veneno por todo mi cuerpo.
Lo sentí correr por mis venas
a borbotones desesperados, calientes.
No pude emitir palabra,
ni ensayar ninguna mueca que no te disgustara.
Me quedé inmóvil, como anestesiada.
Mis músculos se paralizaron,
mis ojos no vieron nada.
Hubiera querido gritarte en plena cara,
pedirte que no nos lastimaras,
Pero fue demasiado tarde:
todo en mí estaba acorazado.
Lo demás
ocurrió igual que en un acto de magia.
Te vi desaparecer,
como en un gran abracadabra.
Te vi hacerte cada vez más pequeñito,
sin siquiera poder pedirte que voltearas.

12 de septiembre de 2016

8 de septiembre de 2016

Y sí...

Y sí.
Yo también me canso
de esta versión de mí
que soy a veces.

Porque me convierto en un cuerpo
perecedero y finito,
en una funda para este costal
de carne y hueso.

Porque sobrevengo en esta línea
de puntos consecutivos
que se dirige a un único
e ineludible final.

Porque soy solo
este manojo de intenciones
que, aunque no lo admitamos,
nadie puede controlar.

Pero sí.
A veces yo también me canso
de esta versión tan trágica
de mí.

2 de septiembre de 2016

Escribo para que la muerte no me alcance

Escribo para que la muerte
no me alcance.

La distraigo con poemas de colores
y versos de otros tiempos.

Trenzo sobre su calavera
baladas pegadizas y metáforas que invento.

Ato un collar de vocales
alrededor de su largo cuello.

La adorno de pies a cabeza
con odas reflexivas de un poeta en celo.

Escribo para que la muerte
no me alcance.

Pero a veces no me alcanzan las palabras
para detenerla.

30 de agosto de 2016

Será...

Será que aprendimos diferente de la vida,
vos y yo.

Porque mientras vos andás por ahí,
vanagloriándote de todos tus aciertos
y escondiendo todas tus mentiras.

Yo ando por acá,
resistiendo apenas (y a penas)
cada embate del destino.

25 de agosto de 2016

Las consecuencias

Sin medir las consecuencias
arrojó un puñado de palabras sobre la mesa recién tendida.

Los improperios pasaron como un silbido entre sus dedos
y se incrustaron en la madera añeja.

Una mancha de cautela
se desparramó sobre el mantel de tela.

Ella estaba tan cansada
que para no discutirle, cerró la boca en seco.

Él entendió la mueca
y juntos encontraron el principio del silencio.

16 de agosto de 2016


C
uando el poeta dice “creo”
pierde un poco de credibilidad conmigo.

El poeta nunca cree.
El poeta sabe.

Y sabe porque sangra,
sangra porque le duele,
le duele porque respira.

12 de agosto de 2016

Sin título

Estoy esperando
una cuenta regresiva
que nunca jamás empezará.
Estoy esperando
que alguien baraje
y dé de nuevo.
Estoy esperando
que me devuelvan
los olores de mi niñez.
Estoy esperando
que la ruleta
deje de girar (y que caiga negro al 17).
Estoy esperando
un acto de magia
que derrote al devenir.
Estoy esperando
que por una vez en la vida no haya final.
Estoy esperando encontrarte
a la vuelta de la esquina.
Estoy esperando
que no vuelvas a morirte
sin decirme a donde vas.


Estoy esperando
que cuando suene la campana
la vida no me haya ganado por knock out.
Estoy esperando
que al final de la carrera
alguien dispare un nuevo tiro inicial.
Estoy esperando
que de una vez por todas
te aprendas la canción (nuestra canción).
Estoy esperando
ese golpe de suerte
que todos te dicen un día llegará.
Estoy esperando
que vuelvas a quererme un rato más.

Pero ya ves,
siempre estoy esperando cosas
que nunca jamás sucederán.
Y nunca jamás es una frase
que últimamente está demasiado
subestimada.

27 de julio de 2016

Nunca pude decirle nada

Nunca pude decirle nada. Tenía derecho a todo.

Había descubierto la muerte
Cuando aún no cumplía los veinte
y reconstruido su vida
con restos de escombros encontrados en patios vecinos.

Tenía que perdonarle todo.
Aún sus desaires, sus malos tratos,
sus venganzas a destiempo y sin sentido.

Nunca pude decirle nada.

Ya demasiado difícil era que la gente le pidiese cosas
que ella no podía darles por el simple y mundano hecho
de que no las tenía.

Ya demasiado difícil era para ella cargar con tanta desolación
sin nadie que le cubriese jamás la retaguardia.
O al menos alguien que tuviese el buen tino de hacerle señas
desde la esquina.

Sin título

Apoyó su cabeza contra la mía
y me preguntó
si podía sentir su desesperación.

 “No la siento”,
mentí con precisión
mientras mi respiración se agitaba.

La noche anterior
había roto para siempre la promesa
de escribirle cada vez que le extrañara.

13 de julio de 2016

Sin título

Dibujó soles en mi vientre
hasta quedarse dormido.

Lo vi soñar
con dragones y serpientes

Y perderse una y mil veces
en los laberintos de mi alma.

Yo perdí la cuenta
de los besos que faltaron.

Y me alejé en silencio
para no despertarle.

3 de julio de 2016

El espejo

Era tan profundo que no supo cómo hacer
para no caérsele adentro
cada vez que la miraba.

Sus ojos le parecieron una genialidad,
como la del espejo,
en esa obra de Velázquez.

Uno mira el cuadro y de repente ¡zaz!,
se convierte en esos dos reflejos
que asoman borrosos desde la otra punta del salón central.

Una noche inevitable, ella trastabilló
y se perdió para siempre
dentro de aquellos ojos profundos y abismales,
(Hay quienes dicen que aún sigue cayendo).

Y yo me quedé pensando
en la seriedad de algunas profundidades.
En eso y en la genialidad del espejo de Velázquez.

Porque después de todo,
nadie contempla los detalles de una obra de arte
si no es de a dos.

29 de junio de 2016

Sin título

Amor mío,
cuando te diga que voy a sentarme
a escribir un rato
y me veas paseando por la sala
o intercambiando pareceres con el gato,
no creas que deliro.
Eso, amor mío,
eso también es escribir.


24 de junio de 2016

Teatro

Saltaba de realidad en realidad
como si de ello dependiera
su destino.

Caminaba un rato al borde de la cornisa
y al instante siguiente se hundía
en el mullido sillón
de la habitación de un hotel de lujo.

Era cantante,
canillita,
ladrón
o ejecutivo.

Cada cinco minutos,
alguien bajaba el telón
mientras los demás reían.

Los días

Hay días en los que la vida
se transforma en una fuerza centrípeta
que lo concentra todo, así, sin más.

Días en los que la salvación no llega
en ninguna de las pequeñas cotidianidades
que nos inventamos para no abdicar.

Días que me atropellan
y me pasan por encima,
que me ganan por knock out,

Días que parecen anclados
en el centro mismo de la inmensidad del mar.

Días en los que habría que coserse la boca
o cortarse las uñas al ras,
atarse el pelo bien tirante
o directamente mandarse a mudar.

Hay días en los que no sería mala idea
salir a la calle sin sombrero
a cocinarse bajo el sol de la ciudad.

23 de junio de 2016

Las caras de la tortura

Vaya donde vaya,
la tortura tiene siempre la misma cara.
No reconoce ni colores, ni banderas, ni fronteras.
No sabe nada de países o de sexos o de religiones.

Vaya donde vaya,
la tortura tiene siempre la misma cara.
Se vale de perversos artilugios,
obra bajo idénticos parámetros,
quiebra de igual modo espíritu y esperanza.

Vaya donde vaya,
la tortura tiene siempre la misma cara.
Y deja hileras incontables de cuerpos lastimados
con heridas que de tan abiertas, nunca podrán ser cerradas.
Y deja marcas indelebles que jamás serán borradas.

Esas llagas que supuran y supuran (un daño irreparable).

Vaya a donde vaya,
la tortura tiene puesta siempre la misma cara.
La que deja estas cicatrices insalvables
que ni con los mejores cirujanos del mundo
podrán alguna vez ser subsanadas.

23 de mayo de 2016

Las danzas de la muerte

"Good job, good job...",
le decía la muerte al funebrero
mientras lo observaba maquillar
un cadáver recién fallecido.

"Así no temerán más de lo debido",
musitaba casi para sí misma
mientras éste escondía
las putrefacciones de la carne inerte
con ungüentos y cosméticos.

Maquillar / Pintar / Tapar / Disimular / Encubrir / Ocultar / Camuflar / Silenciar /

Borrando todo signo vital que recuerde que una vez estuvimos vivos.
Llevándose la memoria de todos y cada uno de los días pasados.
Arrancando uno a uno los últimos estertores, las muecas finales.
Dejando un cráter invisible, en el espacio que antes ocupábamos.

Reduciendo a la nada la conciencia de quiénes fuimos.
Anulando la huella que dejamos (o dejamos de dejar) en el mundo.
Desapareciendo en el aire a la gente que despacito y con algún dolor nos irá olvidando.

"Good job, good job...",
le decía la muerte al funebrero
mientras lo observaba cumplir a pies juntillas
todo lo que ella le iba susurrando con suavidad mortecina al oído.

9 de mayo de 2016

Carpe diem

La Maga me pregunta si es verdad que, como le dijeron hoy, somos todos reemplazables.
En realidad no es una pregunta; si se la lee entre líneas, suena más bien a un pedido.
Me pide que le diga que no, que no todos somos reemplazables.
Que creo -como ella lo cree- que hay un algo más allá. Un 'je ne sais pas', que nos hace atraernos sin buscarnos. Buscarnos y encontrarnos. Encontrarnos y permanecernos.
Me tiento.
Pienso en mentirle, en apoyarle tiernamente una mano sobre el hombro y decirle sí, Maga, sí: tenés razón, todos somos irremplazables.
No, Maga, no: todos somos reemplazables. No hay nada más allá de este cuerpo que habitamos, como tampoco hubo nada antes de él. Somos un instante que pasa en la eternidad del tiempo.
Pero elijo el silencio.
La miro mirarme con esos grandes ojos marrones que siguen queriendo salir a comerse el mundo cada vez; y me callo.
Me acobardo y me callo.
Me callo porque dudo.
Me callo porque no sé.
Me callo porque yo a veces también tengo ganas de creer en tan magnífica mentira.

27 de abril de 2016

Correspondencia de navidad

Saco el atado de fotografías del último estante de la biblioteca; siempre apresado entre un libro viejo de Chéjov y los últimos poemas de Roque Dalton; miro los sobres ajados -atados siempre con hilo sisal- y los repaso, acariciándolos con mis dedos.
Me voy al patio, busco una reposera y la instalo debajo de algún árbol. Sin abrir aún el atado, pienso en todo lo que se esconde detrás de las cosas que la cámara capturó sin querer. Porque vos, con lo metódico que te recuerdo, seguramente no habrías querido que quedaran plasmados en el papel detalles innecesarios. Sólo retratar esa mano que brinda, esos dedos largos y finos alzando la copa y buscando el primer plano de siempre.

Es el gesto que esperaba cada navidad. Y era tu manera de hacerme saber que estabas bien. Que seguías bien, que estuvieras donde estuvieras, todo estaba bien.
No habría más que esto. Nunca habría más que esto. Entonces yo trataba de adivinarte. Me sumergía de lleno en alguna de las fotografías, me detenía en cada partecita, buscando algún detalle mínimo que se te hubiera escapado, alguna pista que me indicara dónde estabas. Pero siempre fuiste tan meticuloso, siempre cuidaste hasta el más mínimo detalle. Tal vez por eso no pude nunca encontrarte. Y tal vez eso te ayudó a salvarte.
De nada sirvió que me pasara años vagando por las casas de nuestros amigos en común, soltándoles como al pasar lo seguro que era regresar. Nadie nunca te lo dijo. O nadie nunca te convenció. O ya no supiste a qué volver.

Una tormenta se cierne sobre mí, las primeras gotas atraviesan el árbol bajo el que estoy y caen señalando los mismos objetos de siempre, que se repiten fotografía tras fotografía. Indicio al menos de que seguirías en el mismo lugar desde que te fuiste.  O de que te seguirías tomando la molestia de preparar la escena para tranquilizarme, para que pareciera siempre el mismo lugar.
Nunca importaba qué fotografía sacase, siempre era la misma mano alzando la misma copa. Un rostro apenas desdibujado contra el cristal. El farol sobre el mantel de tela rojo -con duendecitos o algo al estilo- y un cenicero que nunca dejó de inquietarme. Habrías vuelto a fumar. O alguien te acompañaba.
Un poco más allá de la mesa una puerta ventana y a lo largo unas cortinas color beige, cerradas. Seguirías con la fobia del afuera. Nunca te gustó que la gente te mirase demasiado. Siempre elegiste pasar desapercibido por la vida. Vaya contradicción, exponerte así en una época en que la exposición era sinónimo de cárcel.
Te confieso que he llegado a odiar un poco tu mano. A odiarla con cariño, claro. Esos dedos alzados que me escondían el resto de vos. Porque no es cierto que te haya olvidado, pero te me has ido desdibujando con el tiempo. El fondo de tus ojos color café, el ritmo de tu respiración, el calor de tu pecho, la ronquera en tu voz, ese andar resuelto y melancólico.

Allá vos, con ese empeño en esconderte. Acá yo, con estas ansias de querer verte, aunque más no fuera a través de esa fotografía que me llegaba cada navidad sin remitente, sin siquiera unas míseras palabras.
Está bien, lo entiendo. A los fines prácticos la fotografía cumplió siempre su cometido y mantuvo en pie la promesa que me hiciste antes de irte: hacerme saber que estabas bien, que donde quiera que estuvieras, seguías ahí. Y que te acordabas de mí.
Supe por tus amigos, por tus fieles amigos, que me sabías bien, que estabas al tanto de mi vida. Y eso te bastaba. No me quejo. Yo tampoco estoy segura de haber podido escribirte si hubiese tenido un lugar al que hacerlo. Creo que no hubiese sabido muy bien qué decirte. No hubiese sabido si había palabras.
Quizás imitaría tu gesto y elevaría mi copa a tu salud. Donde quiera que estés, diría para mí misma. Y en el mismo y solemne acto dispararía una fotografía que te dejara ver aunque sea mi mano, levantando una copa a tu salud.
Al principio sería una devolución de gentilezas, una foto mía por tantas tuyas, agregando al dorso un “chin, chin” que intentara vanamente torcer el destino y que replicara, en algún punto mágico e imaginario, el sonido de dos copas al chocar.
Pero ese sería un juego peligroso. Porque aunque no pusiera fechas, ni nombres, ni direcciones, acabaríamos por caer en un interminable intercambio de fotografías, en una especie de juego de toma y daca que al principio sería divertido pero que terminaría haciéndonos bajar la guardia. Porque pese a tu meticulosidad, siempre hay un detalle que se escapa,  algo que se cuela justo donde no debía. Un objeto nuevo apareciendo en la fotografía, una lámpara cansada de tanto centellar, unos pequeños orificios en el mantel de tela rojo. Un cenicero que ya no está. La ventana abierta dejando ver el mar, o las montañas, o una calle. Tu reflejo cada vez más nítido contra el cristal.

La tormenta ha escampado y deja ver un cielo perfectamente azul.  Enciendo un cigarrillo, devuelvo todas las fotografías a su atado y cuando acabo de fumar pongo también el cigarrillo sobre él, aún prendido.
Me quedo sentada un rato, inmóvil frente a la incipiente fogata. Un humo tímido empieza a brotar por los costados.  No quiero pruebas, pienso mientras mis manos se retuercen, ya arrepentidas, adentro de los bolsillos y mi memoria sella para sí cada detalle. Si algo llegara a cambiar, no quiero que haya pruebas.
Hay cosas que no pueden ser deshechas y la pequeña fogata me refriega en la cara lo inexorable de mi acto. Sólo una cosa me inquieta: que vos, donde quieras que estés, no sepas nunca que yo también finalmente cumplí con mi promesa. Que después de tres navidades de silencio, yo también aprendí a olvidarme del olvido.
Y me armé del coraje que no tenía. Y aprendí cómo derribar el puente. Y pude dinamitar el último bastión donde nos encontrábamos a escondidas.

16 de abril de 2016


L
a Maga me regala libros rotos
con la condición incuestionable de no repararlos.
Y uno, por llevarle la corriente
-y por no defraudarla-,
hace malabares con sus hojas
para que no se les caigan las palabras.

15 de abril de 2016

Un día,
nunca se supo bien cuándo, ni cómo, ni por qué,
el hombre dejó de contemplar la naturaleza
para mirar su propio ombligo.

De un instante a otro,
sin proceso histórico que mediara,
agacharon todos la cabeza al mismo tiempo,
como si les jalasen hacia abajo la mirada.

Un día,
no sé cómo, ni cuándo, ni por qué,
pero súbitamente y con la misma urgencia,
el hombre dejó de preguntarse quién era.

18 de marzo de 2016

Vivo en una casa abandonada
con cuartos sin terminar.
Amoldándome cada día
a muebles y objetos
que nadie nunca se atrevió a tirar.

Cercada por manojos de cosas inservibles,
sufro las acumulaciones estériles
y las herencias inútiles
de cuadros que jamás tuvieron el coraje de descolgar.

Sobrevivo entre los escombros de una casa vieja
que siempre está a punto de colapsar.
Una casa librada a su suerte,
que cada día se desmorona un poco más.


25 de enero de 2016

Si lo tenés que decir en voz baja
porque te da vergüenza
mejor ni me lo digas.
A mí decimelo
en voz alta,
con valentía,
que se te salgan los pulmones,
que se te hagan venitas en los ojos,
que pegue un grito tu voz.
Si me lo vas a decir
decimelo con valor, con decisión,
con coraje, con agallas (que por algo son plurales).
Que si es por vergüenza ese tono de voz,
ya suficiente tengo con la ajena.

22 de enero de 2016

Las cosas más lindas

Es la segunda vez que la Maga insiste con el tema. La primera vez que me lo dijo me las ingenié para hacerme el distraído e irme por la tangente, como cuando siento que no estoy preparado para abordar las preguntas de la Maga. Ni mucho menos preparado para intentar siquiera empezar a responderlas. Pero anoche, ella y sus grandes ojos marrones, volvieron a la carga. "En serio -me dijo- las cosas más lindas ocurren a escondidas".
En eso estaba pensando hoy, sentado en la vereda de la casa de al lado, algo inusual pero obligado por los calores de estos días, cuando ella se paró frente a mí y me tendió la mano. No debía tener más de seis años. Me estaba dando un papel doblado en cuatro que había sacado de una canasta llena de ellos.
- ¿Para mí?-, le pregunté. Ella sacudió enérgicamente la cabeza, asintiendo. Se veía feliz.
Recibí el papel y le agradecí mientras la miraba desconcertado.
- Son historias-, me dijo el padre. La madre sonrió y su hermanita pequeña me dijo: hola.
Todo pasó en cuestión de segundos. Las niñas yéndose de la mano, de a saltitos como cuando los niños son felices. Sus padres cuidándolas desde atrás, empujando el cochecito y caminando por el barrio, repartiendo los cuatro las historias de sus hijas.
Desdoblé el papel con cuidado. Despacio. Entonces apareció el dibujo. Era una niña de vestido rosa, con las manos grandes y sin dedos; y los pies pequeños.
Pero lo que verdaderamente resaltaba eran su sonrisa de punta a punta en una cabeza redonda por demás; y unos ojos contentos que absorbían la vista como si uno se hubiera caído dentro de un enorme trompo de colores que no deja de girar. Eso lo pagaba todo. Eso y el dibujo de al lado, mostrando a quien supongo era su hermana más pequeña, sin manos ni pies pero con un pelo negro y largo que era, sin dudas, la envidia de todo el barrio.
Contemplé la obra de mi pequeña artista durante un rato. Miré para los costados y solo vi la calle vacía. Ni un mísero testigo de lo que acababa de pasar. Nadie que pudiera corroborar la historia.
"Qué lindo", fue todo lo que pude decir. Y volví a pensar en la Maga. Creo que deberé decirle que tiene razón. Que las cosas más lindas siempre pasan a escondidas. A escondidas de los ojos de todos los demás.

18 de enero de 2016


De todos modos no ibas a salvarte.
Aunque lo supieras de antemano
no ibas a salvarte.
Aunque hubiese corrido calle arriba
para gritarte, prevenirte que pararas,
no ibas a salvarte.
Es que ese dolor que se siente
en el centro del alma
y te impulsa hacia adelante,
ese quiebre de rodillas
que te tumba en la arena
y te obliga a levantarte,
ese ardor que se planta como un fuego
en el medio de la garganta no te salva (no te libra, no te exime) de ese túnel resbaloso
que conduce inexorablemente hacia la nada.
Comprenderás ahora por qué
no pude correr calle arriba para prevenirte,
para avisarte que pararas.
De todos modos, no ibas a salvarte.
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Córdoba, Córdoba, Argentina
Guillermina Delupi© nació en San Luis en 1975, pero vive en Córdoba desde hace más de 20 años. En 2011 participó del Primer Certamen de Ensayos "Las Nuestras. Mujeres que hicieron historia en Córdoba" y su ensayo fue publicado en un libro que reunió todos los relatos ganadores. En diciembre de ese mismo año La Central, revista cordobesa de cultura, publicó su relato: "El hacedor de pollitos de colores". El diario Los Andes (Mendoza) publicó en 2012 el cuento "Noticia de una muerte" y en diciembre de 2013 la revista Rumbos digital publicó su relato "Las mujeres de mi familia". En 2014, la editorial Dunken incluyó su poema "De una vez" en la compilación "Letras del Face 3" y seleccionó “El hacedor de pollitos de colores” para integrar el libro de cuentos “Viajá conmigo”. En junio de 2014 ganó el 3° premio en el certamen literario nacional Paco Urondo y en septiembre del mismo año Marcel Maidana Ediciones editó su eBook de poesía: “Fantasmas de otros”. Ese año, también formó parte del jurado del primer certamen #CuentosTuitCba. Ah, su amiga Emma Gunst (emmagunst.blogspot.com.ar) publicó tres de sus poemas en el blog que reúne a mujeres poetas de todo el mundo y de todos los tiempos.