28 de octubre de 2013

Siempre es para nada

(poema para ser leído en sentido inverso o viceversa)

dos pares de ojos que no volvieron a mirarse.

el ruido a ceniceros y jarrones rotos haciendo eco por los rincones
la saliva secándose entre muecas de risas cadavéricas
frases inútiles marchitándose en el comedor y apagándose en la alcoba
palabras ya mustias y sin volumen entorpeciendo los silencios
… y el punto obligado de inflexión
un acomodarse de dos cuerpos
el olor a domingo por la tarde
y ese transitar sin que el tiempo pase
viajes,
amaneceres,
risas,
los pies de ambos dibujando un atajo idílico y delicioso
dos pares de ojos reconociéndose entre cientos de miradas.

23 de octubre de 2013

Cinco sentidos

Borracha,
voy tambaleándome por los pasillos de tu memoria
como si vos realmente pudieras recordarme.

Anestesiada,

me interno en tu cuerpo, me deslizo entre tus labios
y repito mi propio nombre como un mantra inmortal. 

Drogada, 

choco contra tu cara y tomo por asalto tus ojos
para volver a mirarme una vez más.

Adormecida,

me pongo tu piel como un disfraz y estiro la punta de tus dedos 
como si de veras pudieras tocarme.

Sinestésica,

me hago metástasis en tu cuerpo
y nos engulle un mar amarillo, que huele a limón y a mandarina. 

21 de octubre de 2013

Cicatriz

Quiero besar tu cicatriz.
Porque besarla es hurgar en tus recovecos,
escarbar con un palito tu esencia,
penetrarte hasta el hueso tocándote apenas.

Quiero besar tu cicatriz. 

Porque besarla es coquetear con tu sombra
tocar sin piel a todos los hombres que fuiste,
revolver sin clemencia tu cordura,
acariciarle la cara al niño que aún sos.

Pero vos me mirás con esos ojos grandes que tenés

y seguís parado, imperturbable, como si nada. 
Como si lo mío fuese un capricho,
un antojo absurdo y perentorio.

Como si no comprendieras que ese beso es la llave,

único “ábrete sésamo” posible
a la entrada (apenas visible)
del paso nivel tras el que se guarece tu alma.

11 de octubre de 2013

De una vez

La dejó de una vez, como se deja el cigarrillo,
sin claroscuros,
sin permitidos,
sin de a ratitos.

La dejó de una vez, como se deja la bebida,
sin especulaciones,
sin medias tintas,
sin digresiones.

La dejó de una vez, como se deja lo placentero,
sin dubitaciones,
sin excusas,
sin vacilaciones.

La dejó de un tirón, como se arranca una curita,
sin preámbulos,
sin miramientos,
sin indecisiones.

La dejó de una vez y para siempre,
porque esa es la única manera de dejar.
(Poema publicado por Editorial Dunken en la colección Letras del Face).


7 de octubre de 2013

Doler los dolores

A los dolores hay que dolerlos,
amasarlos,
apretarlos,
manosearlos.

Masticarlos hasta que sangren,
supuren,
fermenten,
naufraguen.

A los dolores hay que dolerlos,
domarlos,
ablandarlos,
mitigarlos.

Estrujarlos hasta domesticarlos,
que invadan el cuerpo,
que se hagan forúnculo,
que horaden.

A los dolores hay que dolerlos
porque es la única manera de salvarnos.

30 de septiembre de 2013

Peligro

Lo peligroso:
que
       le
entren
           a uno
por la
          cabeza.

18 de septiembre de 2013

Huequitos

Son esos huequitos que quedan...
Por los abrazos que no dimos.
Por las despedidas que nos impusimos.
Por las pérdidas que tuvimos.
Por las separaciones a las que nos sometimos.

Son esos huequitos que quedan...

Por los besos que nos perdimos.
Por las miradas que no sostuvimos.
Por los lugares de los que nos fuimos.
Por las caricias que nunca recibimos.

Son esos huequitos que quedan...

Por las sensaciones que contuvimos.
Por las ganas que reprimimos.
Por las heridas que nos hicimos.
Por los caminos que no torcimos.
Son esos huequitos que quedan…

13 de septiembre de 2013

Puntos suspensivos

De todos los signos de puntuación,
los que más me gustan son los puntos suspensivos.

por rebeldes,
por insolentes,
por provocadores,
por insinuantes,
por maleducados
y hasta por cobardes.

Puntos suspensivos torpes, sin modales, deshonestos, sugerentes, inmorales. Siempre provocando...

26 de agosto de 2013

De nada sirve

Como si el cuerpo se ablandara
y cayera, de pronto, derrotado.
La piel desparramada: un simulacro de laguna deforme.

Como si los huesos abandonaran el cuerpo
despojandolo del último pilar que lo sostenía
y ya nada lo obligara a mantenerse erguido.

Como si los ojos rodaran por el piso.
Un par de piernas inválidas e inútiles,
unos brazos adormecidos y sin motivo.

Como si la tierra lo fuese absorbiendo, tragando.
Engulléndolo, lenta y fatídicamente.
Como si el cuerpo inerte, ya no pudiera defenderse de la muerte.

20 de agosto de 2013

Mute


Cómo volver a la cotidianidad de lo cotidiano.

Cómo,
a desparramar el cuerpo solitario en los espacios comunes.

A repetir los rituales de siempre:
la casa ordenada,
el jarrón en el living.


Levantarse a las nueve y correr tras el día.
Atravesar, a puro vértigo, la semana.
Esperar el domingo.

Cómo volver a la cotidianidad de lo cotidiano.

Cómo,
a reencontrarse con el ritmo de la vida y sus sonidos.

29 de julio de 2013

No te extraño

No te extraño.
No es a vos a quien extraño.
En todo caso extraño la perfecta conjunción que éramos
cuando estábamos juntos.

Y antes,
cuando empezamos a mirarnos
y nuestros ojos se reían tímidos.
Y nuestros cuerpos eran marionetas
dominadas por aquellas ganas
que nos empezaban en el pupo
y nos hacían cosquillas en las axilas.

No te extraño.
No es a vos a quien extraño.
En todo caso extraño el olor a verano que salía de tu piel.
Tu risa de medio lado, apenas dibujada.
Tus manos desnudándome los pies.
Tu boca bobalicona hablándome de cosas que yo apenas escuchaba.

No te extraño.
No es a vos a quien extraño.
En todo caso extraño a aquella chica
a la que le pintabas sonrisas por doquier.
El abrazo que le dabas,
el tiempo perdido sin hacer nada,
las películas sin espectadores,
la inocencia desnudada.

No te extraño.
No es a vos a quien extraño.
En todo caso extraño la perfecta conjunción que éramos
cuando estábamos juntos.

22 de julio de 2013

Las mujeres de mi familia

Todas las mujeres de mi familia están rematadamente locas.
Tienen poco sentido de la orientación y una capacidad casi nula por retener información innecesaria. No pueden señalar por dónde sale el sol cuando están entre cuatro paredes y se olvidan, sistemáticamente, el número del parking en el que estacionan su auto cuando salen de compras.
Todas las mujeres de mi familia están rematadamente locas. Tienen una manía extravagante por cambiar de nombres y firmar con seudónimos. Se obsesionan con dibujos (estrellas, lápices de colores, osos hormigueros) y los hacen en papeles, servilletas, paredes y pizarrones.
Cuando las mujeres de mi familia se enamoran, se vuelven inmortales e invisibles. Caminan por las calles a diez centímetros del suelo, con una sonrisa que les nace en la punta de una oreja y termina al otro lado, con mil hombrecitos sujetados por lianas, que les hacen cosquillas en la barbilla.
Cuando las mujeres de mi familia se enamoran, cantan y bailan en cualquier momento y en todo lugar, incluidas las colas de los supermercados y las salas de espera de los consultorios. Se les ilumina la piel y se ponen condenadamente lindas. Hacen bromas sin parar y pareciera que el mundo entero se detiene a mirarlas pasar.
Cuando las mujeres de mi familia se desenamoran, se oscurece el cielo y una bandada de pájaros atraviesa la ciudad buscando nuevos horizontes. La tierra se vuelve infértil y la muerte ronda, sigilosa, en cada esquina. Los días se tornan grises y la vida empieza a transcurrir en blanco y negro, como en una de esas antiguas películas que proyectaban cuando el cine aún era mudo.
Cuando las mujeres de mi familia se desenamoran, empapan las almohadas por las noches y se arrastran hasta la ducha por las mañanas. Corren las cortinas sin fuerzas y beben café hasta volver a quedarse dormidas. No suena más música por los rincones y se apagan las sonrisas de medio lado en cada espejo de la casa.
Las mujeres de mi familia tienen atributos innumerables: son bellas, inteligentes, desinteresadas, viscerales, amables, despistadas, etéreas, generosas, valientes.
Y todas -sin excepción- ponen el cuerpo y el alma cuando se enamoran. Todas, sin excepción, se mueren un poquito cuando se desenamoran.

Relato publicado el 3/12/13 en revista Rumbos Digital.

15 de julio de 2013

El día que supo a domingo

Nunca había podido encontrar un día de la semana que se asemejara a un domingo. Nunca. Hasta ayer.
Como a todos, nunca me habían gustado los domingos. Esa mezcla de melancolía, angustia y ansiedad que se va metiendo por los poros apenas uno se levanta y va haciendo metástasis en el cuerpo con el correr del día.
Supe entonces que debía prepararme, armarme de paciencia (no es fácil lidiar con dos domingos en una misma semana) y recibirlo como si desconociera sus intenciones.
Al principio los indicios no fueron muchos: el asfalto mojado, las gotas sobre el parabrisas del auto, el mal trompetista y su canción, amparados de la lluvia bajo un techo esquinado.
Luego aparecieron los flashes: enormes imágenes de colores difusos que venían a contramano del camino y se iban estirando, arrastrándose por las copas de los árboles, ganando sombra en medio de la oscuridad.
Las imágenes trajeron una sobremesa larga, estirada a fuerza del cariño de tantos años. Una tarde perdida, con la mirada puesta en el horizonte de unos cerros que reverenciaban un lago inmenso. Tu pierna derecha cruzando con decisión su par izquierda. Un abrazo apretado y largo que remplazó todas las palabras. El entierro de las armas secretas... tu enojo esa mañana.
Melancolía, angustia, ansiedad: ese raro equilibrio -ese punto tan exacto- que se asemejaba tanto a los domingos.
Después vinieron los carteles verdes indicando un aeropuerto cada vez más cerca. Lo que siguió: tickets, horarios, fechas, destinos, tu sobretodo azul hasta el cuello, las botas hasta las rodillas.
Hará calor mañana donde aterrices.

14 de julio de 2013

Destiempo

Nos encontramos intempestivamente
como quien choca con otro
al doblar en una esquina.

Ensayamos juntos unos pasos
y ahí nomás
nos creímos bailarines profesionales.

Pero eran otros tiempos (el tuyo y el mío),
era otra la música (la tuya y la mía)
y no pudimos seguir el compás.

Nos miramos, nos tocamos,
nos penetramos, nos asfixiamos,
nos desolamos.

Cayó temprano la tarde ese día.
El hechizo se hizo añicos
y dejó una nube de polvo entre ambos.

Sacudimos nuestras ropas
y ya de espaldas el uno del otro,
seguimos cada uno nuestros caminos.

16 de junio de 2013

Esquinas



Si me hubiera perdido
y tuviera que salir a buscarme,
empezaría por ciertas esquinas en las que con certeza
me he quedado.

27 de mayo de 2013

3 poemas, 3

Dos vasos de whisky,
Un cigarrillo humeando a medias
Acertijos inconfundibles sobre la mesa
Palabras que caen al vacío
Respuestas a preguntas nunca formuladas
Miradas que lo dicen todo sin un gesto
Una radio hastiada de decir la hora,
                                                      y el tiempo.

Un colchón desolado y muerto de frío
Una sombra que se esfuma silenciosa
Un ¿sabías? Que rebota de pared en pared,
                                                      hasta el cansancio.

Un montón de ganas desparramadas por el piso...
Junto con la ropa.
Un libro abierto de par en par
Un teléfono desconectado
Una vida,
                                                      este amor.

...y no podré irme en la oscuridad de la noche, cuando te sé dormido y me crees soñando.
Alejarme de tu lado sería irme de mí, esconderme entre las sombras, ocultarte tras mis miedos.
Y movés un brazo y me tocás, dormido... pero qué puedo hacerle. Me acurruco contra vos como si tuviera frío.



Siempre en estado de alerta
Hastiado de tanta mentira
He de huir del mundo
Refugiarme en el infinito.

¿Quién será aquel que me rescate
De esta tierra de sombras
Que me tira hacia abajo
Y me hunde en el fango?

En la oscuridad de mi mente
Visualizo vagamente una sombra
Apenas creíble e irreversiblemente cierta
Y no serás vos, mi amor, ni por un instante

Mis entrañas gritan tu nombre
Nunca tan lejos, nunca tan cerca...
Siempre en el punto medio
De mi desesperación más reciente.

Embriagada de sollozos
Alguien me tiende su alma
La rechazo como se rechaza
lo amargo, lo crudo, lo hostil.

Cerraré mis ventanas
Correré a refugiarme de tu amor
Lo esquivaré como a tu odio mismo
Y no serás vos, mi amor, ni por un instante.

Vengaré el tiempo y el espacio
Habitaré en el umbral de la nada
Sumergiré mi amor y mi odio
En mares impostergables.

Volaré los kilómetros necesarios
Para llegar a tu espacio
Te buscaré entre gente sin rostro
Y no serás vos, mi amor, ni por un instante.



Te esperé
Queriendo que volvieras
Como vuelven los recuerdos.

Te llamé
Entre nubes de tormenta
Y el viento frío del invierno.

Te busqué
Entre gentes ajustadas
Con articulados movimientos para amar.

Te soñé
Intentando escapar
De previsibles remolinos necesarios.

Te lloré
Tratando que entendieras.

Te amé
Bajando las escaleras de un cine.


(Poemas publicados en El blog de Emma Gunst).

14 de mayo de 2013

Reflejos hereditarios


A veces no soporto que me toquen. Ni siquiera mi hijo, a quien amo y por quien daría la vida.
Es que me da un escozor por la espalda... y me acuerdo de mi madre. A ella tampoco le gustaba que la tocaran, a veces.
Yo me acuerdo que -cuando era chico- no lo entendía. Cómo podía ser que a una madre no le gustase -por más que fuera sólo a veces- que un hijo la tocara. Ella se sacudía en pequeños espasmos. Movía la cabeza de un lado a otro, con movimientos cortitos y veloces, al compás de ambos brazos. No era un movimiento exagerado pero era suficiente para hacerme saber que lo que le molestaba era mi mano pequeña (y hasta sucia) en su espalda.
Entonces yo la retiraba. Más por miedo a la represalia que por la comprensión acabada del porqué le molestaría tanto.
Nunca había reparado en lo hereditario de algunos reflejos. Nunca hasta hoy, que mi hijo asienta su mano pequeña (y con seguridad sucia) en mi espalda. Y yo empiezo a sacudirme en pequeños espasmos. Y me corre un escozor por la espalda...

15 de marzo de 2013

Duelo


Hoy me acurruqué en el sillón del living y me tapé con la manta color café que me regaló mi madre cuando yo ya no era tan niña. Sentada, me fui haciendo un ovillo cada vez más pequeño, con mis brazos rodeando ambas piernas a la altura de los tobillos y con la cabeza metida entre las rodillas. El frío casi abrupto con el que empezó el día fue invadiendo los recovecos de toda la casa al punto que debí cerrar todas las ventanas. Aún así, estaba helado. Con la nariz pegada a las piernas absorbí el olor a encierro de mis joggings grises, recién salidos de la valija en la que duermen su verano todos mis abrigos. Respiré tantas veces su olor que dejé de sentirlo de antaño y todos mis sentidos se aclimataron a la temperatura naciente.
Empezó el invierno. Qué sabrá él de mi estado de ánimo si hasta ayer nomás sólo conocía mi dolor la hojarasca que crujía bajo mis pies, mientras los árboles, impúdicos, me señalaban un camino dorado y salpicado de nubarrones.
Ahora que el otoño se ha ido, se ha llevado con él las hojas muertas y el olor a tierra mojada. Se llevó también una pequeña partecita de mi aflicción: un paseo que dimos por un camino ya olvidado, en el que nos miramos por primera vez a los ojos y no hicieron falta palabras; y una ya lejana tarde otoñal en la que remontamos barriletes como si de ello dependiera nuestro destino.
Pero ahora que empezó el invierno, el frío y yo tendremos que acostumbrarnos. Acomodar los cuerpos. Yo lo haré con abrigos. El, llevándose algunos de mis sentires.
Puestos a elegir, sé que se llevará aquel momento -de no hace tantos años atrás- en el que tiritando de frío pero muertos de risa, vimos juntos por primera vez un amanecer sentados en la playa, frente al mar, tapados con una vieja colcha marrón que apestaba a humedad y tenía más agujeros que un colador.  
Ahora es invierno. Antes, cuando supe que no iba a volver a verte, había sido verano.
Fue un verano -que olía a damas de noche y a geranios- cuando saltaste la tapia que unía tu casa con la mía, te escabulliste entre los ligustros y con la cabeza llena de hojas y las palmas de las manos rojas de raspones, trepaste hasta mi ventana. Y fue también verano cuando, sentados en el mismo sillón contra el que ahora que empezó el invierno me acurruco, salieron de tu boca (esa que tanto amaba) las palabras más bellas que jamás había oído y se quedaron suspendidas un instante mágico en el aire.
Pero antes que el invierno se metiera por mi ventana y me obligara a sacar mi manta color café; incluso antes que el otoño se abriera paso entre los últimos calores del verano, fue primavera. En una primavera que sabía a ropa secada al sol y a baldosas recién regadas, tu boca tocó la mía y yo sentí, por primera vez, cómo tu cuerpo entero temblaba apoyado contra mí.
También en primavera cantó un colibrí y vos me explicaste que los sonidos de cortejo de los colibríes machos eran producidos por el viento que atraviesa las plumas de sus colas cuando éstos hacen picadas en el aire.
Y ahora que empezó el invierno y el ciclo de las estaciones está terminando de dar la vuelta completa, sé a ciencia cierta que la rueda arrastrará consigo el último vestigio de vos.
Lo sé porque después que te fuiste hicimos un pacto. Ellas y yo.
Ellas se llevarían a su paso el sabor amargo de este pecho estrujado, de este nudo en la garganta que aún siento a veces al tragar, de estas lágrimas inservibles que lloran porque no estás, de este silencio que inunda la casa y no me deja en paz, de los cajones vacíos que no se volverán a llenar, de tu presencia fantasmal que -por más que insisto- no se va, de este sinsentido que no es mío pero está.
Mi parte del trato sería más terrenal. Yo, por mi parte, me sentaría -a corazón abierto- en el sillón del living para que cada una de ellas se asomara a diagnosticar el cierre, lento pero certero, de la cicatriz que me dejaste al marchar.

7 de marzo de 2013

Homenaje


Saber que te has ido para no volver: el eterno desconsuelo de los ateos. Esa certeza de saberte ya en ninguna parte. Esa irrefutable evidencia de que no te has ido más que a la tierra de donde viniste un día, y ya pronto ni siquiera ahí estarás.
¿Cómo me encontraste? Si te fuiste así, tan rápido, que ni tiempo tuvimos de decirnos nada.
Al principio no te reconocí. O quizás me costó creer que fueras vos. Pero luego te oí venir. Fueron tus pasos los que te delataron. Ese andar de tus pies pesados raspando el suelo a medida que te acercabas.
Pude espiarte por la mirilla del ojo izquierdo mientras achicabas la distancia que nos separaba. Después te perdí un segundo. Pero sólo fue el instante previo a presentir tu sombra justo detrás de la mía. Sentí cómo tus manos se asentaban sin apuros sobre cada uno de mis hombros. Apreté fuerte los ojos, a destiempo, pero qué podía hacerle. Fue tarde para atajar las lágrimas que rodaban cara abajo y se estrellaban contra el piso. Las que logré atrapar se diluyeron tras los párpados cerrados para rearmarse del otro lado -como quien aprieta una bolita de mercurio y luego junta sus pedazos a empujones- uniéndose al resto de paracaidistas suicidas.
Fue tu voz la que habló a mis espaldas: “no, no. No empieces tan temprano”. Me quedé muda. No entendí la sentencia. ¿Era simplemente el anuncio de que ahí estabas? Siempre solías anunciarte con maneras sinsentido, con frases desconexas. Y parecías no haber perdido la costumbre. Pero yo ya sabía que ahí estabas: si eran tus manos gruesas y ajadas las que tomaban mis hombros como si no fueran a soltarlos jamás.
Respiré olor a tabaco, ese que tenías impregnado en la piel desde hacía tanto tiempo. Pude ver tus dedos amarillentos, de uñas ya marrones. Me pareció oír que también tosías. Pero no estoy muy segura.
No abrí los ojos. Era lindo reconocerte con todos los sentidos. Respiré más hondo y me choqué con ese conjunto azul de grafa que usabas en las fábricas. Pasaste por tantas (y siempre la misma camisa, siempre el mismo pantalón).
Ya no te veo, es cierto. No podré volver a verte nunca más. Y sufro el eterno desconsuelo de los ateos.
Pero qué suerte que hoy viniste. Qué suerte que hoy pudiste encontrarme acá, sentada en este banco marrón que huele a pupitre de escuela y a tiza recién borrada del pizarrón.
Si hubiera sido por mí, no hubiera sabido por dónde empezar a buscarte.
Sí, sí. Ya lo sé. Creeme que lo entiendo. Sé que no será fácil que nos volvamos a encontrar. Sé que quizás pasen meses. O años. Es esa manía que tienen los sueños, ¿viste? Tan impredecible, tan laberíntica, tan empecinada en que volvamos a perdernos.
Pero qué bueno que hoy pudimos vernos. ¿No creés? Nos lo debíamos.
Digo: más allá de los besos y los abrazos que nos faltaron, nos debíamos este habernos encontrado.
Hasta la próxima, viejo. Hasta siempre.

18 de febrero de 2013

La casa de nadie

El porqué o el cómo el hombre había terminado en aquella situación ya ni siquiera viene a cuento. El asunto es que había comprado la casa por un diez por ciento de su valor y lo que al principio había parecido el negocio del año, se terminó convirtiendo en una verdadera pesadilla.

La propiedad había sido testada a favor de una organización sin fines de lucro, pero el testamento nunca había sido entregado a un escribano para su lectura postmortem.  Pese a su falta de validez, el testamento desapareció en manos de algún integrante de la familia y el resultado fue que, además de quedar dentro del seno familiar, aquella casa no podría venderse o alquilarse nunca más. La casa no sería de nadie. Aún así, podría habitarse teniendo sumo cuidado en algunos pormenores, que a la sazón terminaron siendo no tan pormenores: había que evitar que los servicios fuesen cortados por falta de pago, pues sería imposible volver a darlos de alta. La ausencia de escritura había convertido a aquella propiedad lisa y llanamente en la casa de nadie.

Al principio, al hombre le bastó con mantener agendados en su libreta electrónica las fechas de pago correspondientes a cada uno de los servicios. Pero la preocupación porque no se los cortasen se convirtió en una verdadera obsesión el día que, por un descuido absurdo (o quizás por un incipiente -y sorpresivo para él- gusto a pararse en las cornisas), le cortaron la luz. Había esperado hasta el último día de pago para ir al banco,  pero un problema no resuelto a tiempo en la oficina le complicó la jornada y le impidió abonar la factura. Pasó toda la tarde descompuesto y casi sin poder concentrarse en sus tareas.

Para cuando se hizo la hora de salida, todo lo que visualizaba era el interruptor de luz ubicado en el ingreso de su hogar, en el judío barrio Lavapiés. Apuró las quince cuadras que lo separaban de su casa y ni siquiera se detuvo en el bar donde sus amigos de siempre le esperaban con unas cervezas.

Se paró frente a ella y dudó un instante. La mano le temblaba bajo el manojo de llaves. Con la puerta aún abierta, apretó el interruptor y lo peor sucedió: ni un halo de electricidad llegó a los filamentos metálicos de la lamparita. Se había quedado sin luz. Sentado aún en penumbras, con la cabeza entre las piernas, pensó que ya no había nada que hacer, más que resignarse. Tras desandar sus pasos calle abajo, llegó hasta el quiosco de la esquina, pidió varios paquetes de velas, preguntó en vano por una linterna y se llevó dos cajas de fósforos. Al día siguiente pasaría por algún negocio más provisto de los elementos que de ahora en adelante necesitaría para no pasar sus noches en penumbras.

Cenaba, se bañaba e intentaba leer a media luz. El acto casi reflejo de pararse frente a los interruptores de cada habitación en la que entraba y presionarlos, fue remplazado en poco tiempo por el ademán de raspar fósforos contra una caja. Las temporadas más tristes eran los inviernos, en los que el sol se ponía a las cinco de la tarde. Cambiaba entonces sus rutinas: se levantaba al alba y para las siete de la tarde ya estaba dormido. Vendió todos sus electrodomésticos. Se olvidó de planchar, cambió la heladera por una hielera, regaló su computadora de escritorio y apenas si llegaba al primer día de la semana con una línea de batería en su móvil, que cargaba en la oficina de lunes a viernes. Nunca más volvió a ver su programa favorito en la televisión y los Cds que dormían en un estante empezaron a llenarse de polvo.

Varios años después, cuando ya se había acostumbrado a vivir en penumbras, cuando había olvidado que alguna vez su casa iluminó la copa de unos árboles que se dejaban ver desde la ventana del salón principal, le asaltó el miedo por los otros servicios. ¿Y si la historia volvía a repetirse? ¿Si no podía evitar que le cortaran el resto? Sólo ese pensamiento -o quizás  fue un intento desesperado por deshacerse de su propia obsesión- encendió la mecha de un juego macabro. Recibidas las facturas con sus fechas de vencimiento correspondientes, esperaba hasta el último día para pasar por el banco a pagarlas. Era el arma de doble filo de un juego que, una vez perdido, no tenía retorno posible. Él lo sabía. Pero todavía así, lo repetía cada cambio de factura. Hasta que finalmente lo esperado sucedió.

Parecía como si en el fondo, él quisiera que realmente pasara. Quizás sentía el karma de haber sido cómplice en la historia de esa casa o tal vez simplemente fuera que puesto a perder, había que perderlo todo, sin quedarse con nada a cambio.

Cuando le cortaron el gas su resignación fue mucho más veloz. Los deliveries aumentaron sus trayectos al 885 de la calle De la Fe. Compró un brasero para la época invernal y se las arregló para bañarse lo justo y lo necesario en aquellas semanas en las que el frío arreciaba.  Después de todo, aún tenía agua.

Cuando por fin le cortaron el agua,  su vida se había transformado en un auténtico caos. Lo habían echado de su trabajo (las llegadas tardes se tornaron inadmisibles y su aspecto desaliñado no le ayudaba en su puesto de atención al cliente) y ya ni siquiera sus amigos le esperaban en el bar de siempre. Toda su apariencia se asemejaba cada vez más a uno de los tantos clochards que deambulaban sin sentido entre Lavapiés y el barrio Latino. Claro que él aún tenía un techo bajo el cual, aún sin agua, ni luz, ni gas, podía arrastrar su cuerpo cansado cada noche. Era la precariedad absoluta. Era como vivir en una prisión, pero peor. La falta de agua completó la trilogía de la desidia: la suciedad se aferró a pisos y muebles; la humedad por el encierro fue ganando las paredes. La oscuridad atrajo grandes cantidades de bichos bolita, que crujían bajo los pies del hombre a su paso. Las cucarachas avanzaban a campo traviesa entre los recovecos de la madera y las rejillas del baño. La falta de gas sumió a la casa entera en un halo de abandono y frialdad.

Pasaron siete años desde entonces. El hombre se enfermó y fue a parar a un hospital. Los médicos le diagnosticaron un cuadro agudo de esquizofrenia porque andaba por las veredas creyendo que pisaba bichos bolita y cucarachas y lo internaron en el centro de salud Puerta del ángel. El porqué o el cómo aquel hombre había terminado en aquella situación ya ni siquiera viene a cuento. El asunto es el porqué o el cómo terminé yo viviendo en esta pesadilla oscura y maloliente.
Mi foto
Córdoba, Córdoba, Argentina
Guillermina Delupi© nació en San Luis en 1975, pero vive en Córdoba desde hace más de 20 años. En 2011 participó del Primer Certamen de Ensayos "Las Nuestras. Mujeres que hicieron historia en Córdoba" y su ensayo fue publicado en un libro que reunió todos los relatos ganadores. En diciembre de ese mismo año La Central, revista cordobesa de cultura, publicó su relato: "El hacedor de pollitos de colores". El diario Los Andes (Mendoza) publicó en 2012 el cuento "Noticia de una muerte" y en diciembre de 2013 la revista Rumbos digital publicó su relato "Las mujeres de mi familia". En 2014, la editorial Dunken incluyó su poema "De una vez" en la compilación "Letras del Face 3" y seleccionó “El hacedor de pollitos de colores” para integrar el libro de cuentos “Viajá conmigo”. En junio de 2014 ganó el 3° premio en el certamen literario nacional Paco Urondo y en septiembre del mismo año Marcel Maidana Ediciones editó su eBook de poesía: “Fantasmas de otros”. Ese año, también formó parte del jurado del primer certamen #CuentosTuitCba. Ah, su amiga Emma Gunst (emmagunst.blogspot.com.ar) publicó tres de sus poemas en el blog que reúne a mujeres poetas de todo el mundo y de todos los tiempos.