Me alejé tanto del radar
que finalmente desaparecí del mapa.
Por un momento hasta me pregunté
si en verdad alguna vez había existido.
Nadie se acordaba de mí
y sólo era un recuerdo en la memoria
del primer perro de mi infancia.
Hacia adelante la nada.
(Y todo).
Hacia atrás sólo vacío.
(Y el eco de unos pasos interrumpidos).
26 de enero de 2015
24 de enero de 2015
2 de enero de 2015
Ecos
Dieron un portazo y dejaron a sus espaldas todos los ecos. Solo quedó la onda expansiva de aquellas cosas que acontecieron, rebotando entre las paredes del cuarto.
Chocando, reverberantes, las más atrevidas contra las más inservibles. Esquivando el sonido de los últimos jarrones hechos trizas contra algún placard. Retrocediendo un poco ante el ruido a roce que dejan en los sacos los últimos abrazos ya rotos.
Repitiendo el grito incesante de esa cosa deforme; tan vaga, tan imprecisa. Y tan final.
15 de diciembre de 2014
Tierra de nadie
Hay ciertas ocasiones
en las que me convierto
en tierra de nadie.
Entonces ellas huyen de mí.
Alborotadas, arrebatadas.
Están fuera de sí.
Me rebasan, me avasallan.
Me atropellan, me traspasan.
Están fuera de mí.
Y yo me transformo
en un infierno en carne viva,
en un volcán convulso y definitivo.
Con toda esa lava
derramándose, derritiéndome.
Saliéndose de mí.
Con todo ese fuego
que ya no consume a nadie,
a nadie más que a mí.
en las que me convierto
en tierra de nadie.
Entonces ellas huyen de mí.
Alborotadas, arrebatadas.
Están fuera de sí.
Me rebasan, me avasallan.
Me atropellan, me traspasan.
Están fuera de mí.
Y yo me transformo
en un infierno en carne viva,
en un volcán convulso y definitivo.
Con toda esa lava
derramándose, derritiéndome.
Saliéndose de mí.
Con todo ese fuego
que ya no consume a nadie,
a nadie más que a mí.
11 de diciembre de 2014
Poema de otro
Dejame tu olor, tus manos, tus silencios.
Tus manías, tus enojos, tus celos.
Tu risa, tu mirada, tu piel.
Tus lágrimas, tu pasado, tu desnudez.
Si te vas a ir, no te lleves nada.
Dejame nuestros cuerpos anudados.
La cama destendida, las sábanas arrugadas.
Mis ganas interrumpidas de quererte hasta el final.
Si te vas a ir, andate sólo con lo puesto.
Y no mirés atrás.
9 de diciembre de 2014
Recuerdos
Un día descubrió que los recuerdos se gastaban.
Que de tanto pensarlos iban perdiendo la forma y el color.
Agarró unos cuantos (los más importantes) y los aisló en un recóndito lugar de su cabeza.
No acudió a ellos ni en las situaciones más acuciantes.
Ni cuando sintió todo el peso de la soledad caer sobre sus hombros.
Con el paso del tiempo también descubrió que los recuerdos que no se piensan son olvidados. Y ya no supo qué fue peor.
Que de tanto pensarlos iban perdiendo la forma y el color.
Agarró unos cuantos (los más importantes) y los aisló en un recóndito lugar de su cabeza.
No acudió a ellos ni en las situaciones más acuciantes.
Ni cuando sintió todo el peso de la soledad caer sobre sus hombros.
Con el paso del tiempo también descubrió que los recuerdos que no se piensan son olvidados. Y ya no supo qué fue peor.
27 de noviembre de 2014
Una respuesta para la Maga
Mi amiga, la Maga, está muy seria esta noche. Su ceño fruncido dibuja dos líneas entre ambas cejas, que van y vienen a merced de sus gestos y cavilaciones.
Me mira con sus ojos marrones muy abiertos y me pregunta -sin pestañar- qué es para mí el amor.
Me insta a que lo defina porque le urge saberlo. Me dice que mis palabras son como curitas y que le interesa mucho -así dice- mi opinión.
La Maga está ansiosa esta noche de luna tenue y nubarrones imprevistos. Ella quiere saber qué es el amor entre un hombre y una mujer.
Ensayo palabras en el aire. Le digo que no sé lo que es el amor. Que tiene tantas formas. Que varía tanto. Que depende. Que son matices.
Pero ella quiere definiciones; y las quiere ahora.
Entonces le miento, le prometo que voy a escribir algo que explique lo que es el amor.
Ella bosqueja una sonrisa y sus ojos marrones brillan un momento. Masculla no sé qué cosas sobre anclas y brújulas y me dice que necesita coraje para abrazar el miedo.
Después se va. Supongo que se va contenta. No ha logrado todo lo que vino a buscar, pero al menos se ha llevado una promesa.
Me recuesto en el sofá, miro el techo y respiro hondo. Tamaña empresa en la que me he metido. Cómo carajo le explico a la Maga lo que es el amor.
De todas las preguntas que podía hacerme, tenía que hacer justamente ésta.
Entonces pruebo definiciones, voy al diccionario, me sumerjo en Wikipedia, me atosigo de imágenes, pinturas, óleos y navego por la infinidad de portales que intentan darle forma al amor a través de poemas, corazones y cupidos. Me doy cuenta de lo que hago y me siento ridículo: sé que no habrá nada allí que conforme a la Maga.
Porque la Maga no quiere definiciones de diccionario. Ella quiere que yo le explique lo que es, verdaderamente, el amor. Y sé que no voy a poder engañarla. No podré conformarla con aquella célebre frase de Saint-Exupéry: “amar no es mirarse el uno al otro, sino mirar ambos en la misma dirección”. Tampoco podré contentarla con el tercer poema de amor de Roque Dalton: “a quienes te digan que nuestro amor / es extraordinario / porque ha nacido de circunstancias / extraordinarias / diles que precisamente luchamos / para que un amor como el nuestro / (amor entre compañeros de combate) / llegue a ser en El Salvador / el amor más común y corriente, / casi el único”.
Subo el cierre de mi campera hasta el cuello y salgo a la calle a buscar una respuesta para la Maga. Camino un largo rato buscando ideas que no tengo (de todas las preguntas que podías hacerme, Maga, viniste a elegir la más difícil, me sigo repitiendo por lo bajo).
Hace frío esta noche de lechuzas blancas y en las calles se multiplican los abrazos cálidos y las miradas cómplices.
Me mira con sus ojos marrones muy abiertos y me pregunta -sin pestañar- qué es para mí el amor.
Me insta a que lo defina porque le urge saberlo. Me dice que mis palabras son como curitas y que le interesa mucho -así dice- mi opinión.
La Maga está ansiosa esta noche de luna tenue y nubarrones imprevistos. Ella quiere saber qué es el amor entre un hombre y una mujer.
Ensayo palabras en el aire. Le digo que no sé lo que es el amor. Que tiene tantas formas. Que varía tanto. Que depende. Que son matices.
Pero ella quiere definiciones; y las quiere ahora.
Entonces le miento, le prometo que voy a escribir algo que explique lo que es el amor.
Ella bosqueja una sonrisa y sus ojos marrones brillan un momento. Masculla no sé qué cosas sobre anclas y brújulas y me dice que necesita coraje para abrazar el miedo.
Después se va. Supongo que se va contenta. No ha logrado todo lo que vino a buscar, pero al menos se ha llevado una promesa.
Me recuesto en el sofá, miro el techo y respiro hondo. Tamaña empresa en la que me he metido. Cómo carajo le explico a la Maga lo que es el amor.
De todas las preguntas que podía hacerme, tenía que hacer justamente ésta.
Entonces pruebo definiciones, voy al diccionario, me sumerjo en Wikipedia, me atosigo de imágenes, pinturas, óleos y navego por la infinidad de portales que intentan darle forma al amor a través de poemas, corazones y cupidos. Me doy cuenta de lo que hago y me siento ridículo: sé que no habrá nada allí que conforme a la Maga.
Porque la Maga no quiere definiciones de diccionario. Ella quiere que yo le explique lo que es, verdaderamente, el amor. Y sé que no voy a poder engañarla. No podré conformarla con aquella célebre frase de Saint-Exupéry: “amar no es mirarse el uno al otro, sino mirar ambos en la misma dirección”. Tampoco podré contentarla con el tercer poema de amor de Roque Dalton: “a quienes te digan que nuestro amor / es extraordinario / porque ha nacido de circunstancias / extraordinarias / diles que precisamente luchamos / para que un amor como el nuestro / (amor entre compañeros de combate) / llegue a ser en El Salvador / el amor más común y corriente, / casi el único”.
Subo el cierre de mi campera hasta el cuello y salgo a la calle a buscar una respuesta para la Maga. Camino un largo rato buscando ideas que no tengo (de todas las preguntas que podías hacerme, Maga, viniste a elegir la más difícil, me sigo repitiendo por lo bajo).
Hace frío esta noche de lechuzas blancas y en las calles se multiplican los abrazos cálidos y las miradas cómplices.
Una chica hunde la nariz en el pecho de su amante. Más lejos un muchacho, sentado a horcajadas de su novia, la despeina y se ríen y juegan. En una esquina una pareja se besa apasionadamente, luego se pelea, se abraza, llora. ¿Está en esas pequeñas cosas el amor? ¿Son esos los actos que lo definen? ¿En esos gestos está encerrado?
Evoco palabras pasadas y me las llevo a la boca, ensayando posibles respuestas en voz baja. Pasión, irracionalidad, razón, metafísica dan vueltas por mi cabeza de manera desordenada e improlija.
Evoco palabras pasadas y me las llevo a la boca, ensayando posibles respuestas en voz baja. Pasión, irracionalidad, razón, metafísica dan vueltas por mi cabeza de manera desordenada e improlija.
Me acuerdo de algo que leí hace poco: “el círculo del amor no es más que vivir la adrenalina de conquistar; el placer de lograrlo; la tranquilidad de tenerlo; el dolor de perderlo; la bohemia de buscarlo y el frenesí de volver a elegirlo”. ¿Será?
Pienso en la cantidad de veces que yo mismo me he enamorado y me acuerdo de las palabras exactas de mi amigo Miguel, la vez que él ensayó su propia explicación de lo inexplicable: “el amor es un conjunto indefinido de sentimientos, de sensaciones, de ilusiones. Compartido o no, porque a veces es unilateral, pero igual de intenso. Y mientras más intenso, más evanescente. Pero ese es el amor de la pasión arrebatadora. Está también el otro, el de la cómoda molicie y la protectora armonía de la vida compartida con los desafíos de la vida cotidiana. Es el que dura, casi como una amistad profunda. ¿Si aún así sigue siendo amor? Me parece que sí. Y solo se valora en toda su dimensión cuando se pierde. Es menos intenso y más crónico, claro. No se comparan. Se sueña con el primero pero se vive con el segundo. Y eso, sólo cuando uno es afortunado”.
A medida que emprendo la vuelta a casa, esperando no llegar demasiado tarde con este manojo parchado de palabras inconclusas -inconclusas pero honestas, me digo para no desanimarme tanto-, me viene a la memoria un poema del colombiano Cobo Borda.
Y sonrío tristemente pensando en los grandes ojos marrones de la Maga y sus preguntas implacables. Menos mal que no me preguntó por qué el amor se acaba.
Pienso en la cantidad de veces que yo mismo me he enamorado y me acuerdo de las palabras exactas de mi amigo Miguel, la vez que él ensayó su propia explicación de lo inexplicable: “el amor es un conjunto indefinido de sentimientos, de sensaciones, de ilusiones. Compartido o no, porque a veces es unilateral, pero igual de intenso. Y mientras más intenso, más evanescente. Pero ese es el amor de la pasión arrebatadora. Está también el otro, el de la cómoda molicie y la protectora armonía de la vida compartida con los desafíos de la vida cotidiana. Es el que dura, casi como una amistad profunda. ¿Si aún así sigue siendo amor? Me parece que sí. Y solo se valora en toda su dimensión cuando se pierde. Es menos intenso y más crónico, claro. No se comparan. Se sueña con el primero pero se vive con el segundo. Y eso, sólo cuando uno es afortunado”.
A medida que emprendo la vuelta a casa, esperando no llegar demasiado tarde con este manojo parchado de palabras inconclusas -inconclusas pero honestas, me digo para no desanimarme tanto-, me viene a la memoria un poema del colombiano Cobo Borda.
Y sonrío tristemente pensando en los grandes ojos marrones de la Maga y sus preguntas implacables. Menos mal que no me preguntó por qué el amor se acaba.
Menos mal.
“Una tarde el amor se acaba
y tanta magia
se trueca en fastidiosa servidumbre
y las palabras únicas
son ruido
para llenar vacíos.
Asoma la bobería de todo ser
y ningún esfuerzo
logra encender de nuevo
ese sol
de la atracción sin límites.
Todo es incomodidad y fuga
para no herir, en vano,
y decretar por fin lo irremediable.
Lo sabido pero no aceptado.
Súbditos de vanas fantasías
vemos caer a tierra
la pintura fervorosa
que aplicamos sobre nadas
que ahora sí son nada.
Y lo peor de todo:
el alivio que experimentamos
al cancelar la dicha
y eludir la trampa
felices de iniciar el duelo
y decir adiós, con mucha calma”.
(Juan Gustavo Cobo Borda, Colombia, 1948).
“Una tarde el amor se acaba
y tanta magia
se trueca en fastidiosa servidumbre
y las palabras únicas
son ruido
para llenar vacíos.
Asoma la bobería de todo ser
y ningún esfuerzo
logra encender de nuevo
ese sol
de la atracción sin límites.
Todo es incomodidad y fuga
para no herir, en vano,
y decretar por fin lo irremediable.
Lo sabido pero no aceptado.
Súbditos de vanas fantasías
vemos caer a tierra
la pintura fervorosa
que aplicamos sobre nadas
que ahora sí son nada.
Y lo peor de todo:
el alivio que experimentamos
al cancelar la dicha
y eludir la trampa
felices de iniciar el duelo
y decir adiós, con mucha calma”.
(Juan Gustavo Cobo Borda, Colombia, 1948).
25 de noviembre de 2014
Esa mujer que ves
Claro que no soy esa mujer que ves atravesar la puerta cada mañana. Claro que no soy esa única mujer. ¿O es que acaso pensaste que iba a salir a la calle así, sin protección alguna?
Esa mujer que ves es nuestro escudo, nuestra armadura contra un mundo hostil e innecesario. Un mundo que nos haría añicos sin esta coraza que nos he inventado a fuerza de años vividos, de errores cometidos y de aciertos bienvenidos.
Esa mujer que ves, dejame que te diga, tiene en sus manos una tarea indispensable: es la encargada de sostener al resto de nosotras; está a cargo de encastrar en una sola pieza a todas las mujeres que soy, de armarnos en un perfecto e indisoluble rompecabezas que nos muestre al mundo como una única composición.
Pero a veces sucede que esa mujer fuerte y valiente que ves salir cada mañana, esa mujer que porta sólo desafío en su mirada y que pareciera llevarse el mundo por delante, esa mujer aguerrida que no le teme a nada trastabilla, tropieza, se cae. Se da de bruces contra el suelo y hace trizas nuestra coraza. Y entonces: la hecatombe.
Porque cuando eso sucede, cuando esa coraza que nos he construido se cae, todas las mujeres que me habitan se sientan descalzas en el cordón de la vereda, con los ojos húmedos puestos en la nada, con las manos perdidas en el más irracional de los temores. Con la postura inexorable de los derrotados. No se mueven. Ni siquiera parpadean: tienen el pánico pegado a la espalda.
Se limitan a observar nuestra coraza tirada en el piso, y se adueñan todas ellas de una incapacidad absoluta por ayudar a reconstruirla.
Es que cuando eso sucede, se rompe la paz interior, se pierde el equilibrio, se desarman los esquemas, estallan en mil pedazos las contradicciones.
Cuando eso sucede, las mujeres que me conforman se desparraman dentro de mí. Resbalan, caen en oscuros precipicios, se pierden en selvas laberínticas, emanan rabias pasadas, fagocitan recuerdos futuros, se vuelven inflamables, inciertas, peligrosas. Deambulan por mi cuerpo sin rumbo preciso, se pierden en callejones inhóspitos, no hallan ni ganas ni fuerzas por encontrar una salida al caos en que se han visto sumidas por un simple resbalón.
Comprenderás entonces que no soy esa única mujer que ves. Comprenderás ahora mi pedido: si algún día llegás a ver trastabillar a esa mujer que atraviesa la puerta cada mañana, si la ves irse de bruces contra el piso, si al intentar ayudarla te muestra el fondo de unos ojos desvaídos e imprecisos, tendele la mano. Y ayudala a levantarse. Por ella y por todas las que somos, es menester que se rearme.
Esa mujer que ves es nuestro escudo, nuestra armadura contra un mundo hostil e innecesario. Un mundo que nos haría añicos sin esta coraza que nos he inventado a fuerza de años vividos, de errores cometidos y de aciertos bienvenidos.
Esa mujer que ves, dejame que te diga, tiene en sus manos una tarea indispensable: es la encargada de sostener al resto de nosotras; está a cargo de encastrar en una sola pieza a todas las mujeres que soy, de armarnos en un perfecto e indisoluble rompecabezas que nos muestre al mundo como una única composición.
Pero a veces sucede que esa mujer fuerte y valiente que ves salir cada mañana, esa mujer que porta sólo desafío en su mirada y que pareciera llevarse el mundo por delante, esa mujer aguerrida que no le teme a nada trastabilla, tropieza, se cae. Se da de bruces contra el suelo y hace trizas nuestra coraza. Y entonces: la hecatombe.
Porque cuando eso sucede, cuando esa coraza que nos he construido se cae, todas las mujeres que me habitan se sientan descalzas en el cordón de la vereda, con los ojos húmedos puestos en la nada, con las manos perdidas en el más irracional de los temores. Con la postura inexorable de los derrotados. No se mueven. Ni siquiera parpadean: tienen el pánico pegado a la espalda.
Se limitan a observar nuestra coraza tirada en el piso, y se adueñan todas ellas de una incapacidad absoluta por ayudar a reconstruirla.
Es que cuando eso sucede, se rompe la paz interior, se pierde el equilibrio, se desarman los esquemas, estallan en mil pedazos las contradicciones.
Cuando eso sucede, las mujeres que me conforman se desparraman dentro de mí. Resbalan, caen en oscuros precipicios, se pierden en selvas laberínticas, emanan rabias pasadas, fagocitan recuerdos futuros, se vuelven inflamables, inciertas, peligrosas. Deambulan por mi cuerpo sin rumbo preciso, se pierden en callejones inhóspitos, no hallan ni ganas ni fuerzas por encontrar una salida al caos en que se han visto sumidas por un simple resbalón.
Comprenderás entonces que no soy esa única mujer que ves. Comprenderás ahora mi pedido: si algún día llegás a ver trastabillar a esa mujer que atraviesa la puerta cada mañana, si la ves irse de bruces contra el piso, si al intentar ayudarla te muestra el fondo de unos ojos desvaídos e imprecisos, tendele la mano. Y ayudala a levantarse. Por ella y por todas las que somos, es menester que se rearme.
18 de noviembre de 2014
Palabras
Un tropel de palabras
llegó hasta la punta de mi lengua
para luego emprender la retirada.
Jinetes temerarios
en un instante fueron
jinetes temerosos.
Caballeros de armaduras
se convirtieron en inútiles
soldados de plomo.
Guerreros aguerridos
lloraron sus infancias
sobre hombros sin fusiles.
Un tropel de palabras
llegó hasta la punta de mi lengua,
algunas de ellas cayeron en picada.
llegó hasta la punta de mi lengua
para luego emprender la retirada.
Jinetes temerarios
en un instante fueron
jinetes temerosos.
Caballeros de armaduras
se convirtieron en inútiles
soldados de plomo.
Guerreros aguerridos
lloraron sus infancias
sobre hombros sin fusiles.
Un tropel de palabras
llegó hasta la punta de mi lengua,
algunas de ellas cayeron en picada.
16 de octubre de 2014
Día libre
Tomate el día libre.
Salí, paseá,
sentate en una plaza.
(¿Oís las voces como ráfagas pasar?).
Observá a la gente en su andar.
Caminá entre ellos, mimetizate.
Como si fueras uno más.
Tomate el día libre y verás
que el mundo se conforma
en todas partes -más o menos- igual.
Salí, paseá,
sentate en una plaza.
(¿Oís las voces como ráfagas pasar?).
Observá a la gente en su andar.
Caminá entre ellos, mimetizate.
Como si fueras uno más.
Tomate el día libre y verás
que el mundo se conforma
en todas partes -más o menos- igual.
10 de octubre de 2014
De las cosas inevitables
Y un día todos nos hicimos grandes.
Aislamos en un rincón oscuro y solitario
a ese niño que jugaba a las escondidas
y nada sabía de obligaciones o de fracasos.
Y un día todos nos hicimos grandes.
Nos acomodamos tras enormes escritorios.
Nos volvimos hombres serios y responsables
y apuramos el paso para no llegar tarde.
Y un día todos nos hicimos grandes.
Pero ese niño de risa fácil y asombro en la mirada,
todavía no ha logrado perdonarse
el habernos dejado a la deriva de este mundo tan desmesurado.
Aislamos en un rincón oscuro y solitario
a ese niño que jugaba a las escondidas
y nada sabía de obligaciones o de fracasos.
Y un día todos nos hicimos grandes.
Nos acomodamos tras enormes escritorios.
Nos volvimos hombres serios y responsables
y apuramos el paso para no llegar tarde.
Y un día todos nos hicimos grandes.
Pero ese niño de risa fácil y asombro en la mirada,
todavía no ha logrado perdonarse
el habernos dejado a la deriva de este mundo tan desmesurado.
(El mundo es demasiada cosa para dejarlo en manos de los adultos).
Of Inevitable Things
And one day we all grew up.
We isolated in a dark, lonely corner
that child who played hide-and-seek
and knew nothing of obligations or failures.
And one day we all grew up.
We settled behind huge desks.
We became serious and responsible men
and we hurried our pace so as not to be late.
And one day we all grew up.
But that child with the easy smile
and amazement in his eyes
still hasn't managed to forgive himself
for having left us adrift
in this overgrown world.
(The world is too much
to leave in the hands of adults).
translated by Indran Amirthanayagam.
6 de octubre de 2014
De las cosas prohibidas
Usaban los largos silencios que hacían
para decirse todo lo que no debían.
Sus ojos iban y venían
cruzándose apenas en puntos que se desvanecían.
Pestañas bajando y subiendo
en perfectos aleteos esquivos.
Miradas cayendo en picada,
refractando verdades sin sentido.
Usaban los largos silencios que hacían
para desnudarse enteros cuando el mundo no los veía.
Lenguas escondidas
tras un cúmulo de palabras que enmudecían.
Dos manos ensayando monólogos mentirosos,
que ni uno ni otro creían.
Cuerpos tensionados y tirantes,
disimulando aquello que no se permitían.
Usaban los largos silencios que hacían
para decirse las cosas que les habían sido prohibidas.
para decirse todo lo que no debían.
Sus ojos iban y venían
cruzándose apenas en puntos que se desvanecían.
Pestañas bajando y subiendo
en perfectos aleteos esquivos.
Miradas cayendo en picada,
refractando verdades sin sentido.
Usaban los largos silencios que hacían
para desnudarse enteros cuando el mundo no los veía.
Lenguas escondidas
tras un cúmulo de palabras que enmudecían.
Dos manos ensayando monólogos mentirosos,
que ni uno ni otro creían.
Cuerpos tensionados y tirantes,
disimulando aquello que no se permitían.
Usaban los largos silencios que hacían
para decirse las cosas que les habían sido prohibidas.
29 de septiembre de 2014
El escribidor
Fue hasta el quiosco de la esquina,
compró un paquete de cigarrillos,
dos chupetines
y un puñado de palabras.
Volvió a su casa caminando despacio,
la bolsa apretada en una de sus manos.
Desparramó los objetos sobre la mesa
y se metió a la boca una ración de palabras.
Masticó largo rato; los brazos caídos a los lados,
la mirada perdida en la nada.
Caminó hasta su escritorio
y se dejó caer frente a la vieja Olivetti.
Con los dedos apenas asentados sobre las teclas
abrió un poco la boca y emuló un par de arcadas.
En vez de palabras, golondrinas negras
se estrellaron contra el papel mustio y ajado.
compró un paquete de cigarrillos,
dos chupetines
y un puñado de palabras.
Volvió a su casa caminando despacio,
la bolsa apretada en una de sus manos.
Desparramó los objetos sobre la mesa
y se metió a la boca una ración de palabras.
Masticó largo rato; los brazos caídos a los lados,
la mirada perdida en la nada.
Caminó hasta su escritorio
y se dejó caer frente a la vieja Olivetti.
Con los dedos apenas asentados sobre las teclas
abrió un poco la boca y emuló un par de arcadas.
En vez de palabras, golondrinas negras
se estrellaron contra el papel mustio y ajado.
16 de septiembre de 2014
De las cosas incongruentes
Despegarse de uno mismo,
observarse desde lejos
como si uno fuese el otro.
... lo peor viene con el amanecer,
ese imprudente que nos quita toda magia,
toda locura, toda razón de ser (o de no ser).
Y uno se siente un imbécil
cuando los rayos del sol
rebotan en los vidrios empañados.
Si nos sentáramos a contemplar,
no ocurriría esto que digo.
Hay alguien a quien ya no me atrevo a mirar.
observarse desde lejos
como si uno fuese el otro.
... lo peor viene con el amanecer,
ese imprudente que nos quita toda magia,
toda locura, toda razón de ser (o de no ser).
Y uno se siente un imbécil
cuando los rayos del sol
rebotan en los vidrios empañados.
Si nos sentáramos a contemplar,
no ocurriría esto que digo.
Hay alguien a quien ya no me atrevo a mirar.
4 de septiembre de 2014
El huésped
Hace días que la ausencia de mi padre me ronda.
En el vino que me bebo,
en el modo de mirar a mi hijo,
en algunos de mis gestos.
Hace días que la ausencia de mi padre me ronda.
En algunas palabras que no digo,
en la manera en que mis codos se apoyan sobre mis rodillas,
en la forma de inclinar el cuerpo apenas hacia adelante.
Hace días que la ausencia de mi padre me ronda.
Lo siento ir y venir de un lado a otro.
Cuando estoy sin hacer nada; mientras preparo la comida.
Cuando trabajo en mi estudio y oigo el repiqueteo de sus pies en la escalera.
Hace días que la ausencia de mi padre me ronda.
En un descuido, ha tomado la casa por asalto,
se ha adueñado de todos los espacios
y se ha acomodado en cada uno de los rincones.
En el vino que me bebo,
en el modo de mirar a mi hijo,
en algunos de mis gestos.
Hace días que la ausencia de mi padre me ronda.
En algunas palabras que no digo,
en la manera en que mis codos se apoyan sobre mis rodillas,
en la forma de inclinar el cuerpo apenas hacia adelante.
Hace días que la ausencia de mi padre me ronda.
Lo siento ir y venir de un lado a otro.
Cuando estoy sin hacer nada; mientras preparo la comida.
Cuando trabajo en mi estudio y oigo el repiqueteo de sus pies en la escalera.
Hace días que la ausencia de mi padre me ronda.
En un descuido, ha tomado la casa por asalto,
se ha adueñado de todos los espacios
y se ha acomodado en cada uno de los rincones.
The Guest
For days my father's absence has haunted me.
In the wine I drink,
in the way I look at my son,
in some of my gestures.
For days my father's absence has haunted me.
In some words I don't say,
in the way my elbows rest on my knees,
in the way I lean my body as I walk.
For days now my father's absence
has haunted me. I feel him coming
and going, back and forth, as if
searching for something he cannot find.
When I do nothing,
while I prepare food.
When I work in my studio and hear
the sound of his feet on the stairs.
For days my father's absence has haunted me.
In my carelessness, he has taken the house
by storm, made himself at home in every
corner, controlled every space.
There is no place where he is forgotten.
translated by Indran Amirthanayagam.
2 de septiembre de 2014
De las cosas imposibles
Como ese truco de magia
que te sorprende por primera vez.
Como esa solera amarilla (y gastada)
dejándose caer en cuerpo ajeno otra vez.
Como ese alto en el río
por donde el agua no va a volver a bajar.
Como ese arco iris, ya añejo,
que no te va a volver a timar.
Como esa siesta radiante
que cada verano amaga con volver.
Como ese juguete gastado
que, de tanto en tanto, se dibuja recostado sobre nuestra piel.
Como esa muerte, paciente,
que espera su turno cada vez.
Como esta vida, finita,
que promete no dejarnos caer.
que te sorprende por primera vez.
Como esa solera amarilla (y gastada)
dejándose caer en cuerpo ajeno otra vez.
Como ese alto en el río
por donde el agua no va a volver a bajar.
Como ese arco iris, ya añejo,
que no te va a volver a timar.
Como esa siesta radiante
que cada verano amaga con volver.
Como ese juguete gastado
que, de tanto en tanto, se dibuja recostado sobre nuestra piel.
Como esa muerte, paciente,
que espera su turno cada vez.
Como esta vida, finita,
que promete no dejarnos caer.
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- Guillermina Delupi
- Córdoba, Córdoba, Argentina
- Guillermina Delupi© nació en San Luis en 1975. Actualmente vive en Córdoba. En 2011 participó del Primer Certamen de Ensayos "Las Nuestras. Mujeres que hicieron historia en Córdoba" y su ensayo fue publicado en un libro que reunió los relatos ganadores. En diciembre de ese año La Central, revista cordobesa de cultura, publicó su relato: "El hacedor de pollitos de colores". El diario Los Andes (Mendoza) publicó en 2012 el cuento "Noticia de una muerte" y en diciembre de 2013 la revista Rumbos digital publicó su relato "Las mujeres de mi familia". En 2014, la editorial Dunken incluyó su poema "De una vez" en la compilación "Letras del Face 3" y seleccionó “El hacedor de pollitos de colores” para integrar el libro de cuentos “Viajá conmigo”. En junio de 2014 ganó el 3° premio en el certamen literario nacional Paco Urondo y en septiembre Marcel Maidana Ediciones editó su eBook: “Fantasmas de otros”. En junio de 2019, su primer recital de poesía recibió un beneplácito del Concejo Deliberante de Córdoba por su aporte a la cultura. Ah, su amiga Emma Gunst (emmagunst.blogspot.com.ar) publicó tres de sus poemas en el blog que reúne a mujeres poetas de todo el mundo y de todos los tiempos.















