Borracha,
voy tambaleándome por los pasillos de tu memoria
como si vos realmente pudieras recordarme.
Anestesiada,
me interno en tu cuerpo, me deslizo entre tus labios
y repito mi propio nombre como un mantra inmortal.
Drogada,
choco contra tu cara y tomo por asalto tus ojos
para volver a mirarme una vez más.
Adormecida,
me pongo tu piel como un disfraz y estiro la punta de tus dedos
como si de veras pudieras tocarme.
Sinestésica,
me hago metástasis en tu cuerpo
y nos engulle un mar amarillo, que huele a limón y a mandarina.
23 de octubre de 2013
21 de octubre de 2013
Cicatriz
Quiero besar tu cicatriz.
Porque besarla es hurgar en tus recovecos,
escarbar con un palito tu esencia,
penetrarte hasta el hueso tocándote apenas.
Quiero besar tu cicatriz.
Porque besarla es coquetear con tu sombra
tocar sin piel a todos los hombres que fuiste,
revolver sin clemencia tu cordura,
acariciarle la cara al niño que aún sos.
Pero vos me mirás con esos ojos grandes que tenés
y seguís parado, imperturbable, como si nada.
Como si lo mío fuese un capricho,
un antojo absurdo y perentorio.
Como si no comprendieras que ese beso es la llave,
único “ábrete sésamo” posible
a la entrada (apenas visible)
del paso nivel tras el que se guarece tu alma.
Porque besarla es hurgar en tus recovecos,
escarbar con un palito tu esencia,
penetrarte hasta el hueso tocándote apenas.
Quiero besar tu cicatriz.
Porque besarla es coquetear con tu sombra
tocar sin piel a todos los hombres que fuiste,
revolver sin clemencia tu cordura,
acariciarle la cara al niño que aún sos.
Pero vos me mirás con esos ojos grandes que tenés
y seguís parado, imperturbable, como si nada.
Como si lo mío fuese un capricho,
un antojo absurdo y perentorio.
Como si no comprendieras que ese beso es la llave,
único “ábrete sésamo” posible
a la entrada (apenas visible)
del paso nivel tras el que se guarece tu alma.
11 de octubre de 2013
De una vez
La dejó de una vez, como se deja el cigarrillo,
sin claroscuros,
sin permitidos,
sin de a ratitos.
La dejó de una vez, como se deja la bebida,
sin especulaciones,
sin medias tintas,
sin digresiones.
La dejó de una vez, como se deja lo placentero,
sin dubitaciones,
sin excusas,
sin vacilaciones.
La dejó de un tirón, como se arranca una curita,
sin preámbulos,
sin miramientos,
sin indecisiones.
La dejó de una vez y para siempre,
porque esa es la única manera de dejar.
sin claroscuros,
sin permitidos,
sin de a ratitos.
La dejó de una vez, como se deja la bebida,
sin especulaciones,
sin medias tintas,
sin digresiones.
La dejó de una vez, como se deja lo placentero,
sin dubitaciones,
sin excusas,
sin vacilaciones.
La dejó de un tirón, como se arranca una curita,
sin preámbulos,
sin miramientos,
sin indecisiones.
La dejó de una vez y para siempre,
porque esa es la única manera de dejar.
(Poema publicado por Editorial Dunken en la colección Letras del Face).
7 de octubre de 2013
Doler los dolores
A los dolores hay que dolerlos,
amasarlos,
apretarlos,
manosearlos.
Masticarlos hasta que sangren,
supuren,
fermenten,
naufraguen.
A los dolores hay que dolerlos,
domarlos,
ablandarlos,
mitigarlos.
Estrujarlos hasta domesticarlos,
que invadan el cuerpo,
que se hagan forúnculo,
que horaden.
A los dolores hay que dolerlos
porque es la única manera de salvarnos.
amasarlos,
apretarlos,
manosearlos.
Masticarlos hasta que sangren,
supuren,
fermenten,
naufraguen.
A los dolores hay que dolerlos,
domarlos,
ablandarlos,
mitigarlos.
Estrujarlos hasta domesticarlos,
que invadan el cuerpo,
que se hagan forúnculo,
que horaden.
A los dolores hay que dolerlos
porque es la única manera de salvarnos.
30 de septiembre de 2013
18 de septiembre de 2013
Huequitos
Son esos huequitos que quedan...
Por los abrazos que no dimos.
Por las despedidas que nos impusimos.
Por las pérdidas que tuvimos.
Por las separaciones a las que nos sometimos.
Son esos huequitos que quedan...
Por los besos que nos perdimos.
Por las miradas que no sostuvimos.
Por los lugares de los que nos fuimos.
Por las caricias que nunca recibimos.
Son esos huequitos que quedan...
Por las sensaciones que contuvimos.
Por las ganas que reprimimos.
Por las heridas que nos hicimos.
Por los caminos que no torcimos.
Son esos huequitos que quedan…
Por los abrazos que no dimos.
Por las despedidas que nos impusimos.
Por las pérdidas que tuvimos.
Por las separaciones a las que nos sometimos.
Son esos huequitos que quedan...
Por los besos que nos perdimos.
Por las miradas que no sostuvimos.
Por los lugares de los que nos fuimos.
Por las caricias que nunca recibimos.
Son esos huequitos que quedan...
Por las sensaciones que contuvimos.
Por las ganas que reprimimos.
Por las heridas que nos hicimos.
Por los caminos que no torcimos.
Son esos huequitos que quedan…
13 de septiembre de 2013
Puntos suspensivos
De todos los signos de puntuación,
los que más me gustan son los puntos suspensivos.
por rebeldes,
por insolentes,
por provocadores,
por insinuantes,
por maleducados
y hasta por cobardes.
Puntos suspensivos torpes, sin modales, deshonestos, sugerentes, inmorales. Siempre provocando...
los que más me gustan son los puntos suspensivos.
por rebeldes,
por insolentes,
por provocadores,
por insinuantes,
por maleducados
y hasta por cobardes.
Puntos suspensivos torpes, sin modales, deshonestos, sugerentes, inmorales. Siempre provocando...
26 de agosto de 2013
De nada sirve
Como si el cuerpo se ablandara
y cayera, de pronto, derrotado.
La piel desparramada: un simulacro de laguna deforme.
Como si los huesos abandonaran el cuerpo
despojandolo del último pilar que lo sostenía
y ya nada lo obligara a mantenerse erguido.
Como si los ojos rodaran por el piso.
Un par de piernas inválidas e inútiles,
unos brazos adormecidos y sin motivo.
Como si la tierra lo fuese absorbiendo, tragando.
Engulléndolo, lenta y fatídicamente.
Como si el cuerpo inerte, ya no pudiera defenderse de la muerte.
y cayera, de pronto, derrotado.
La piel desparramada: un simulacro de laguna deforme.
Como si los huesos abandonaran el cuerpo
despojandolo del último pilar que lo sostenía
y ya nada lo obligara a mantenerse erguido.
Como si los ojos rodaran por el piso.
Un par de piernas inválidas e inútiles,
unos brazos adormecidos y sin motivo.
Como si la tierra lo fuese absorbiendo, tragando.
Engulléndolo, lenta y fatídicamente.
Como si el cuerpo inerte, ya no pudiera defenderse de la muerte.
20 de agosto de 2013
Mute
Cómo volver a la cotidianidad de lo cotidiano.
Cómo,
a desparramar el cuerpo solitario en los espacios comunes.
A repetir los rituales de siempre:
la casa ordenada,
el jarrón en el living.
Levantarse a las nueve y correr tras el día.
Atravesar, a puro vértigo, la semana.
Esperar el domingo.
Cómo volver a la cotidianidad de lo cotidiano.
Cómo,
a reencontrarse con el ritmo de la vida y sus sonidos.
29 de julio de 2013
No te extraño
No te extraño.
No es a vos a quien extraño.
En todo caso extraño la perfecta conjunción que éramos
cuando estábamos juntos.
Y antes,
cuando empezamos a mirarnos
y nuestros ojos se reían tímidos.
Y nuestros cuerpos eran marionetas
dominadas por aquellas ganas
que nos empezaban en el pupo
y nos hacían cosquillas en las axilas.
No te extraño.
No es a vos a quien extraño.
En todo caso extraño el olor a verano que salía de tu piel.
Tu risa de medio lado, apenas dibujada.
Tus manos desnudándome los pies.
Tu boca bobalicona hablándome de cosas que yo apenas escuchaba.
No te extraño.
No es a vos a quien extraño.
En todo caso extraño a aquella chica
a la que le pintabas sonrisas por doquier.
El abrazo que le dabas,
el tiempo perdido sin hacer nada,
las películas sin espectadores,
la inocencia desnudada.
No te extraño.
No es a vos a quien extraño.
En todo caso extraño la perfecta conjunción que éramos
cuando estábamos juntos.
No es a vos a quien extraño.
En todo caso extraño la perfecta conjunción que éramos
cuando estábamos juntos.
Y antes,
cuando empezamos a mirarnos
y nuestros ojos se reían tímidos.
Y nuestros cuerpos eran marionetas
dominadas por aquellas ganas
que nos empezaban en el pupo
y nos hacían cosquillas en las axilas.
No te extraño.
No es a vos a quien extraño.
En todo caso extraño el olor a verano que salía de tu piel.
Tu risa de medio lado, apenas dibujada.
Tus manos desnudándome los pies.
Tu boca bobalicona hablándome de cosas que yo apenas escuchaba.
No te extraño.
No es a vos a quien extraño.
En todo caso extraño a aquella chica
a la que le pintabas sonrisas por doquier.
El abrazo que le dabas,
el tiempo perdido sin hacer nada,
las películas sin espectadores,
la inocencia desnudada.
No te extraño.
No es a vos a quien extraño.
En todo caso extraño la perfecta conjunción que éramos
cuando estábamos juntos.
22 de julio de 2013
Las mujeres de mi familia
Todas las mujeres de mi familia están rematadamente locas.
Tienen poco sentido de la orientación y una capacidad casi nula por retener información innecesaria. No pueden señalar por dónde sale el sol cuando están entre cuatro paredes y se olvidan, sistemáticamente, el número del parking en el que estacionan su auto cuando salen de compras.
Todas las mujeres de mi familia están rematadamente locas. Tienen una manía extravagante por cambiar de nombres y firmar con seudónimos. Se obsesionan con dibujos (estrellas, lápices de colores, osos hormigueros) y los hacen en papeles, servilletas, paredes y pizarrones.
Cuando las mujeres de mi familia se enamoran, se vuelven inmortales e invisibles. Caminan por las calles a diez centímetros del suelo, con una sonrisa que les nace en la punta de una oreja y termina al otro lado, con mil hombrecitos sujetados por lianas, que les hacen cosquillas en la barbilla.
Cuando las mujeres de mi familia se enamoran, cantan y bailan en cualquier momento y en todo lugar, incluidas las colas de los supermercados y las salas de espera de los consultorios. Se les ilumina la piel y se ponen condenadamente lindas. Hacen bromas sin parar y pareciera que el mundo entero se detiene a mirarlas pasar.
Cuando las mujeres de mi familia se desenamoran, se oscurece el cielo y una bandada de pájaros atraviesa la ciudad buscando nuevos horizontes. La tierra se vuelve infértil y la muerte ronda, sigilosa, en cada esquina. Los días se tornan grises y la vida empieza a transcurrir en blanco y negro, como en una de esas antiguas películas que proyectaban cuando el cine aún era mudo.
Cuando las mujeres de mi familia se desenamoran, empapan las almohadas por las noches y se arrastran hasta la ducha por las mañanas. Corren las cortinas sin fuerzas y beben café hasta volver a quedarse dormidas. No suena más música por los rincones y se apagan las sonrisas de medio lado en cada espejo de la casa.
Las mujeres de mi familia tienen atributos innumerables: son bellas, inteligentes, desinteresadas, viscerales, amables, despistadas, etéreas, generosas, valientes.
Y todas -sin excepción- ponen el cuerpo y el alma cuando se enamoran. Todas, sin excepción, se mueren un poquito cuando se desenamoran.
Tienen poco sentido de la orientación y una capacidad casi nula por retener información innecesaria. No pueden señalar por dónde sale el sol cuando están entre cuatro paredes y se olvidan, sistemáticamente, el número del parking en el que estacionan su auto cuando salen de compras.
Todas las mujeres de mi familia están rematadamente locas. Tienen una manía extravagante por cambiar de nombres y firmar con seudónimos. Se obsesionan con dibujos (estrellas, lápices de colores, osos hormigueros) y los hacen en papeles, servilletas, paredes y pizarrones.
Cuando las mujeres de mi familia se enamoran, se vuelven inmortales e invisibles. Caminan por las calles a diez centímetros del suelo, con una sonrisa que les nace en la punta de una oreja y termina al otro lado, con mil hombrecitos sujetados por lianas, que les hacen cosquillas en la barbilla.
Cuando las mujeres de mi familia se enamoran, cantan y bailan en cualquier momento y en todo lugar, incluidas las colas de los supermercados y las salas de espera de los consultorios. Se les ilumina la piel y se ponen condenadamente lindas. Hacen bromas sin parar y pareciera que el mundo entero se detiene a mirarlas pasar.
Cuando las mujeres de mi familia se desenamoran, se oscurece el cielo y una bandada de pájaros atraviesa la ciudad buscando nuevos horizontes. La tierra se vuelve infértil y la muerte ronda, sigilosa, en cada esquina. Los días se tornan grises y la vida empieza a transcurrir en blanco y negro, como en una de esas antiguas películas que proyectaban cuando el cine aún era mudo.
Cuando las mujeres de mi familia se desenamoran, empapan las almohadas por las noches y se arrastran hasta la ducha por las mañanas. Corren las cortinas sin fuerzas y beben café hasta volver a quedarse dormidas. No suena más música por los rincones y se apagan las sonrisas de medio lado en cada espejo de la casa.
Las mujeres de mi familia tienen atributos innumerables: son bellas, inteligentes, desinteresadas, viscerales, amables, despistadas, etéreas, generosas, valientes.
Y todas -sin excepción- ponen el cuerpo y el alma cuando se enamoran. Todas, sin excepción, se mueren un poquito cuando se desenamoran.
Relato publicado el 3/12/13 en revista Rumbos Digital.
15 de julio de 2013
El día que supo a domingo
Nunca había podido encontrar un día de la semana que se asemejara a un domingo. Nunca. Hasta ayer.
Como a todos, nunca me habían gustado los domingos. Esa mezcla de melancolía, angustia y ansiedad que se va metiendo por los poros apenas uno se levanta y va haciendo metástasis en el cuerpo con el correr del día.
Supe entonces que debía prepararme, armarme de paciencia (no es fácil lidiar con dos domingos en una misma semana) y recibirlo como si desconociera sus intenciones.
Al principio los indicios no fueron muchos: el asfalto mojado, las gotas sobre el parabrisas del auto, el mal trompetista y su canción, amparados de la lluvia bajo un techo esquinado.
Luego aparecieron los flashes: enormes imágenes de colores difusos que venían a contramano del camino y se iban estirando, arrastrándose por las copas de los árboles, ganando sombra en medio de la oscuridad.
Las imágenes trajeron una sobremesa larga, estirada a fuerza del cariño de tantos años. Una tarde perdida, con la mirada puesta en el horizonte de unos cerros que reverenciaban un lago inmenso. Tu pierna derecha cruzando con decisión su par izquierda. Un abrazo apretado y largo que remplazó todas las palabras. El entierro de las armas secretas... tu enojo esa mañana.
Melancolía, angustia, ansiedad: ese raro equilibrio -ese punto tan exacto- que se asemejaba tanto a los domingos.
Después vinieron los carteles verdes indicando un aeropuerto cada vez más cerca. Lo que siguió: tickets, horarios, fechas, destinos, tu sobretodo azul hasta el cuello, las botas hasta las rodillas.
Hará calor mañana donde aterrices.
Como a todos, nunca me habían gustado los domingos. Esa mezcla de melancolía, angustia y ansiedad que se va metiendo por los poros apenas uno se levanta y va haciendo metástasis en el cuerpo con el correr del día.
Supe entonces que debía prepararme, armarme de paciencia (no es fácil lidiar con dos domingos en una misma semana) y recibirlo como si desconociera sus intenciones.
Al principio los indicios no fueron muchos: el asfalto mojado, las gotas sobre el parabrisas del auto, el mal trompetista y su canción, amparados de la lluvia bajo un techo esquinado.
Luego aparecieron los flashes: enormes imágenes de colores difusos que venían a contramano del camino y se iban estirando, arrastrándose por las copas de los árboles, ganando sombra en medio de la oscuridad.
Las imágenes trajeron una sobremesa larga, estirada a fuerza del cariño de tantos años. Una tarde perdida, con la mirada puesta en el horizonte de unos cerros que reverenciaban un lago inmenso. Tu pierna derecha cruzando con decisión su par izquierda. Un abrazo apretado y largo que remplazó todas las palabras. El entierro de las armas secretas... tu enojo esa mañana.
Melancolía, angustia, ansiedad: ese raro equilibrio -ese punto tan exacto- que se asemejaba tanto a los domingos.
Después vinieron los carteles verdes indicando un aeropuerto cada vez más cerca. Lo que siguió: tickets, horarios, fechas, destinos, tu sobretodo azul hasta el cuello, las botas hasta las rodillas.
Hará calor mañana donde aterrices.
14 de julio de 2013
Destiempo
Nos encontramos intempestivamente
como quien choca con otro
al doblar en una esquina.
Ensayamos juntos unos pasos
y ahí nomás
nos creímos bailarines profesionales.
Pero eran otros tiempos (el tuyo y el mío),
era otra la música (la tuya y la mía)
y no pudimos seguir el compás.
Nos miramos, nos tocamos,
nos penetramos, nos asfixiamos,
nos desolamos.
Cayó temprano la tarde ese día.
El hechizo se hizo añicos
y dejó una nube de polvo entre ambos.
Sacudimos nuestras ropas
y ya de espaldas el uno del otro,
seguimos cada uno nuestros caminos.
como quien choca con otro
al doblar en una esquina.
Ensayamos juntos unos pasos
y ahí nomás
nos creímos bailarines profesionales.
Pero eran otros tiempos (el tuyo y el mío),
era otra la música (la tuya y la mía)
y no pudimos seguir el compás.
Nos miramos, nos tocamos,
nos penetramos, nos asfixiamos,
nos desolamos.
Cayó temprano la tarde ese día.
El hechizo se hizo añicos
y dejó una nube de polvo entre ambos.
Sacudimos nuestras ropas
y ya de espaldas el uno del otro,
seguimos cada uno nuestros caminos.
16 de junio de 2013
Esquinas
27 de mayo de 2013
3 poemas, 3
Dos vasos de whisky,
Un cigarrillo humeando a medias
Acertijos inconfundibles sobre la mesa
Palabras que caen al vacío
Respuestas a preguntas nunca formuladas
Miradas que lo dicen todo sin un gesto
Una radio hastiada de decir la hora,
y el tiempo.
Un colchón desolado y muerto de frío
Una sombra que se esfuma silenciosa
Un ¿sabías? Que rebota de pared en pared,
hasta el cansancio.
Un montón de ganas desparramadas por el piso...
Junto con la ropa.
Un libro abierto de par en par
Un teléfono desconectado
Una vida,
este amor.
...y no podré irme en la oscuridad de la noche, cuando te sé dormido y me crees soñando.
Alejarme de tu lado sería irme de mí, esconderme entre las sombras, ocultarte tras mis miedos.
Y movés un brazo y me tocás, dormido... pero qué puedo hacerle. Me acurruco contra vos como si tuviera frío.
Siempre en estado de alerta
Hastiado de tanta mentira
He de huir del mundo
Refugiarme en el infinito.
¿Quién será aquel que me rescate
De esta tierra de sombras
Que me tira hacia abajo
Y me hunde en el fango?
En la oscuridad de mi mente
Visualizo vagamente una sombra
Apenas creíble e irreversiblemente cierta
Y no serás vos, mi amor, ni por un instante
Mis entrañas gritan tu nombre
Nunca tan lejos, nunca tan cerca...
Siempre en el punto medio
De mi desesperación más reciente.
Embriagada de sollozos
Alguien me tiende su alma
La rechazo como se rechaza
lo amargo, lo crudo, lo hostil.
Cerraré mis ventanas
Correré a refugiarme de tu amor
Lo esquivaré como a tu odio mismo
Y no serás vos, mi amor, ni por un instante.
Vengaré el tiempo y el espacio
Habitaré en el umbral de la nada
Sumergiré mi amor y mi odio
En mares impostergables.
Volaré los kilómetros necesarios
Para llegar a tu espacio
Te buscaré entre gente sin rostro
Y no serás vos, mi amor, ni por un instante.
Te esperé
Queriendo que volvieras
Como vuelven los recuerdos.
Te llamé
Entre nubes de tormenta
Y el viento frío del invierno.
Te busqué
Entre gentes ajustadas
Con articulados movimientos para amar.
Te soñé
Intentando escapar
De previsibles remolinos necesarios.
Te lloré
Tratando que entendieras.
Te amé
Bajando las escaleras de un cine.
Un cigarrillo humeando a medias
Acertijos inconfundibles sobre la mesa
Palabras que caen al vacío
Respuestas a preguntas nunca formuladas
Miradas que lo dicen todo sin un gesto
Una radio hastiada de decir la hora,
y el tiempo.
Un colchón desolado y muerto de frío
Una sombra que se esfuma silenciosa
Un ¿sabías? Que rebota de pared en pared,
hasta el cansancio.
Un montón de ganas desparramadas por el piso...
Junto con la ropa.
Un libro abierto de par en par
Un teléfono desconectado
Una vida,
este amor.
...y no podré irme en la oscuridad de la noche, cuando te sé dormido y me crees soñando.
Alejarme de tu lado sería irme de mí, esconderme entre las sombras, ocultarte tras mis miedos.
Y movés un brazo y me tocás, dormido... pero qué puedo hacerle. Me acurruco contra vos como si tuviera frío.
Siempre en estado de alerta
Hastiado de tanta mentira
He de huir del mundo
Refugiarme en el infinito.
¿Quién será aquel que me rescate
De esta tierra de sombras
Que me tira hacia abajo
Y me hunde en el fango?
En la oscuridad de mi mente
Visualizo vagamente una sombra
Apenas creíble e irreversiblemente cierta
Y no serás vos, mi amor, ni por un instante
Mis entrañas gritan tu nombre
Nunca tan lejos, nunca tan cerca...
Siempre en el punto medio
De mi desesperación más reciente.
Embriagada de sollozos
Alguien me tiende su alma
La rechazo como se rechaza
lo amargo, lo crudo, lo hostil.
Cerraré mis ventanas
Correré a refugiarme de tu amor
Lo esquivaré como a tu odio mismo
Y no serás vos, mi amor, ni por un instante.
Vengaré el tiempo y el espacio
Habitaré en el umbral de la nada
Sumergiré mi amor y mi odio
En mares impostergables.
Volaré los kilómetros necesarios
Para llegar a tu espacio
Te buscaré entre gente sin rostro
Y no serás vos, mi amor, ni por un instante.
Te esperéQueriendo que volvieras
Como vuelven los recuerdos.
Te llamé
Entre nubes de tormenta
Y el viento frío del invierno.
Te busqué
Entre gentes ajustadas
Con articulados movimientos para amar.
Te soñé
Intentando escapar
De previsibles remolinos necesarios.
Te lloré
Tratando que entendieras.
Te amé
Bajando las escaleras de un cine.
14 de mayo de 2013
Reflejos hereditarios
Es que me da un escozor por la espalda... y me acuerdo de mi madre. A ella tampoco le gustaba que la tocaran, a veces.
Yo me acuerdo que -cuando era chico- no lo entendía. Cómo podía ser que a una madre no le gustase -por más que fuera sólo a veces- que un hijo la tocara. Ella se sacudía en pequeños espasmos. Movía la cabeza de un lado a otro, con movimientos cortitos y veloces, al compás de ambos brazos. No era un movimiento exagerado pero era suficiente para hacerme saber que lo que le molestaba era mi mano pequeña (y hasta sucia) en su espalda.
Entonces yo la retiraba. Más por miedo a la represalia que por la comprensión acabada del porqué le molestaría tanto.
Nunca había reparado en lo hereditario de algunos reflejos. Nunca hasta hoy, que mi hijo asienta su mano pequeña (y con seguridad sucia) en mi espalda. Y yo empiezo a sacudirme en pequeños espasmos. Y me corre un escozor por la espalda...
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- Guillermina Delupi
- Córdoba, Córdoba, Argentina
- Guillermina Delupi© nació en San Luis en 1975. Actualmente vive en Córdoba. En 2011 participó del Primer Certamen de Ensayos "Las Nuestras. Mujeres que hicieron historia en Córdoba" y su ensayo fue publicado en un libro que reunió los relatos ganadores. En diciembre de ese año La Central, revista cordobesa de cultura, publicó su relato: "El hacedor de pollitos de colores". El diario Los Andes (Mendoza) publicó en 2012 el cuento "Noticia de una muerte" y en diciembre de 2013 la revista Rumbos digital publicó su relato "Las mujeres de mi familia". En 2014, la editorial Dunken incluyó su poema "De una vez" en la compilación "Letras del Face 3" y seleccionó “El hacedor de pollitos de colores” para integrar el libro de cuentos “Viajá conmigo”. En junio de 2014 ganó el 3° premio en el certamen literario nacional Paco Urondo y en septiembre Marcel Maidana Ediciones editó su eBook: “Fantasmas de otros”. En junio de 2019, su primer recital de poesía recibió un beneplácito del Concejo Deliberante de Córdoba por su aporte a la cultura. Ah, su amiga Emma Gunst (emmagunst.blogspot.com.ar) publicó tres de sus poemas en el blog que reúne a mujeres poetas de todo el mundo y de todos los tiempos.

















