18 de septiembre de 2013

Huequitos

Son esos huequitos que quedan...
Por los abrazos que no dimos.
Por las despedidas que nos impusimos.
Por las pérdidas que tuvimos.
Por las separaciones a las que nos sometimos.

Son esos huequitos que quedan...

Por los besos que nos perdimos.
Por las miradas que no sostuvimos.
Por los lugares de los que nos fuimos.
Por las caricias que nunca recibimos.

Son esos huequitos que quedan...

Por las sensaciones que contuvimos.
Por las ganas que reprimimos.
Por las heridas que nos hicimos.
Por los caminos que no torcimos.
Son esos huequitos que quedan…

13 de septiembre de 2013

Puntos suspensivos

De todos los signos de puntuación,
los que más me gustan son los puntos suspensivos.

por rebeldes,
por insolentes,
por provocadores,
por insinuantes,
por maleducados
y hasta por cobardes.

Puntos suspensivos torpes, sin modales, deshonestos, sugerentes, inmorales. Siempre provocando...

26 de agosto de 2013

De nada sirve

Como si el cuerpo se ablandara
y cayera, de pronto, derrotado.
La piel desparramada: un simulacro de laguna deforme.

Como si los huesos abandonaran el cuerpo
despojandolo del último pilar que lo sostenía
y ya nada lo obligara a mantenerse erguido.

Como si los ojos rodaran por el piso.
Un par de piernas inválidas e inútiles,
unos brazos adormecidos y sin motivo.

Como si la tierra lo fuese absorbiendo, tragando.
Engulléndolo, lenta y fatídicamente.
Como si el cuerpo inerte, ya no pudiera defenderse de la muerte.

20 de agosto de 2013

Mute


Cómo volver a la cotidianidad de lo cotidiano.

Cómo,
a desparramar el cuerpo solitario en los espacios comunes.

A repetir los rituales de siempre:
la casa ordenada,
el jarrón en el living.


Levantarse a las nueve y correr tras el día.
Atravesar, a puro vértigo, la semana.
Esperar el domingo.

Cómo volver a la cotidianidad de lo cotidiano.

Cómo,
a reencontrarse con el ritmo de la vida y sus sonidos.

29 de julio de 2013

No te extraño

No te extraño.
No es a vos a quien extraño.
En todo caso extraño la perfecta conjunción que éramos
cuando estábamos juntos.

Y antes,
cuando empezamos a mirarnos
y nuestros ojos se reían tímidos.
Y nuestros cuerpos eran marionetas
dominadas por aquellas ganas
que nos empezaban en el pupo
y nos hacían cosquillas en las axilas.

No te extraño.
No es a vos a quien extraño.
En todo caso extraño el olor a verano que salía de tu piel.
Tu risa de medio lado, apenas dibujada.
Tus manos desnudándome los pies.
Tu boca bobalicona hablándome de cosas que yo apenas escuchaba.

No te extraño.
No es a vos a quien extraño.
En todo caso extraño a aquella chica
a la que le pintabas sonrisas por doquier.
El abrazo que le dabas,
el tiempo perdido sin hacer nada,
las películas sin espectadores,
la inocencia desnudada.

No te extraño.
No es a vos a quien extraño.
En todo caso extraño la perfecta conjunción que éramos
cuando estábamos juntos.

22 de julio de 2013

Las mujeres de mi familia

Todas las mujeres de mi familia están rematadamente locas.
Tienen poco sentido de la orientación y una capacidad casi nula por retener información innecesaria. No pueden señalar por dónde sale el sol cuando están entre cuatro paredes y se olvidan, sistemáticamente, el número del parking en el que estacionan su auto cuando salen de compras.
Todas las mujeres de mi familia están rematadamente locas. Tienen una manía extravagante por cambiar de nombres y firmar con seudónimos. Se obsesionan con dibujos (estrellas, lápices de colores, osos hormigueros) y los hacen en papeles, servilletas, paredes y pizarrones.
Cuando las mujeres de mi familia se enamoran, se vuelven inmortales e invisibles. Caminan por las calles a diez centímetros del suelo, con una sonrisa que les nace en la punta de una oreja y termina al otro lado, con mil hombrecitos sujetados por lianas, que les hacen cosquillas en la barbilla.
Cuando las mujeres de mi familia se enamoran, cantan y bailan en cualquier momento y en todo lugar, incluidas las colas de los supermercados y las salas de espera de los consultorios. Se les ilumina la piel y se ponen condenadamente lindas. Hacen bromas sin parar y pareciera que el mundo entero se detiene a mirarlas pasar.
Cuando las mujeres de mi familia se desenamoran, se oscurece el cielo y una bandada de pájaros atraviesa la ciudad buscando nuevos horizontes. La tierra se vuelve infértil y la muerte ronda, sigilosa, en cada esquina. Los días se tornan grises y la vida empieza a transcurrir en blanco y negro, como en una de esas antiguas películas que proyectaban cuando el cine aún era mudo.
Cuando las mujeres de mi familia se desenamoran, empapan las almohadas por las noches y se arrastran hasta la ducha por las mañanas. Corren las cortinas sin fuerzas y beben café hasta volver a quedarse dormidas. No suena más música por los rincones y se apagan las sonrisas de medio lado en cada espejo de la casa.
Las mujeres de mi familia tienen atributos innumerables: son bellas, inteligentes, desinteresadas, viscerales, amables, despistadas, etéreas, generosas, valientes.
Y todas -sin excepción- ponen el cuerpo y el alma cuando se enamoran. Todas, sin excepción, se mueren un poquito cuando se desenamoran.

Relato publicado el 3/12/13 en revista Rumbos Digital.

15 de julio de 2013

El día que supo a domingo

Nunca había podido encontrar un día de la semana que se asemejara a un domingo. Nunca. Hasta ayer.
Como a todos, nunca me habían gustado los domingos. Esa mezcla de melancolía, angustia y ansiedad que se va metiendo por los poros apenas uno se levanta y va haciendo metástasis en el cuerpo con el correr del día.
Supe entonces que debía prepararme, armarme de paciencia (no es fácil lidiar con dos domingos en una misma semana) y recibirlo como si desconociera sus intenciones.
Al principio los indicios no fueron muchos: el asfalto mojado, las gotas sobre el parabrisas del auto, el mal trompetista y su canción, amparados de la lluvia bajo un techo esquinado.
Luego aparecieron los flashes: enormes imágenes de colores difusos que venían a contramano del camino y se iban estirando, arrastrándose por las copas de los árboles, ganando sombra en medio de la oscuridad.
Las imágenes trajeron una sobremesa larga, estirada a fuerza del cariño de tantos años. Una tarde perdida, con la mirada puesta en el horizonte de unos cerros que reverenciaban un lago inmenso. Tu pierna derecha cruzando con decisión su par izquierda. Un abrazo apretado y largo que remplazó todas las palabras. El entierro de las armas secretas... tu enojo esa mañana.
Melancolía, angustia, ansiedad: ese raro equilibrio -ese punto tan exacto- que se asemejaba tanto a los domingos.
Después vinieron los carteles verdes indicando un aeropuerto cada vez más cerca. Lo que siguió: tickets, horarios, fechas, destinos, tu sobretodo azul hasta el cuello, las botas hasta las rodillas.
Hará calor mañana donde aterrices.

14 de julio de 2013

Destiempo

Nos encontramos intempestivamente
como quien choca con otro
al doblar en una esquina.

Ensayamos juntos unos pasos
y ahí nomás
nos creímos bailarines profesionales.

Pero eran otros tiempos (el tuyo y el mío),
era otra la música (la tuya y la mía)
y no pudimos seguir el compás.

Nos miramos, nos tocamos,
nos penetramos, nos asfixiamos,
nos desolamos.

Cayó temprano la tarde ese día.
El hechizo se hizo añicos
y dejó una nube de polvo entre ambos.

Sacudimos nuestras ropas
y ya de espaldas el uno del otro,
seguimos cada uno nuestros caminos.

16 de junio de 2013

Esquinas



Si me hubiera perdido
y tuviera que salir a buscarme,
empezaría por ciertas esquinas en las que con certeza
me he quedado.

27 de mayo de 2013

3 poemas, 3

Dos vasos de whisky,
Un cigarrillo humeando a medias
Acertijos inconfundibles sobre la mesa
Palabras que caen al vacío
Respuestas a preguntas nunca formuladas
Miradas que lo dicen todo sin un gesto
Una radio hastiada de decir la hora,
                                                      y el tiempo.

Un colchón desolado y muerto de frío
Una sombra que se esfuma silenciosa
Un ¿sabías? Que rebota de pared en pared,
                                                      hasta el cansancio.

Un montón de ganas desparramadas por el piso...
Junto con la ropa.
Un libro abierto de par en par
Un teléfono desconectado
Una vida,
                                                      este amor.

...y no podré irme en la oscuridad de la noche, cuando te sé dormido y me crees soñando.
Alejarme de tu lado sería irme de mí, esconderme entre las sombras, ocultarte tras mis miedos.
Y movés un brazo y me tocás, dormido... pero qué puedo hacerle. Me acurruco contra vos como si tuviera frío.



Siempre en estado de alerta
Hastiado de tanta mentira
He de huir del mundo
Refugiarme en el infinito.

¿Quién será aquel que me rescate
De esta tierra de sombras
Que me tira hacia abajo
Y me hunde en el fango?

En la oscuridad de mi mente
Visualizo vagamente una sombra
Apenas creíble e irreversiblemente cierta
Y no serás vos, mi amor, ni por un instante

Mis entrañas gritan tu nombre
Nunca tan lejos, nunca tan cerca...
Siempre en el punto medio
De mi desesperación más reciente.

Embriagada de sollozos
Alguien me tiende su alma
La rechazo como se rechaza
lo amargo, lo crudo, lo hostil.

Cerraré mis ventanas
Correré a refugiarme de tu amor
Lo esquivaré como a tu odio mismo
Y no serás vos, mi amor, ni por un instante.

Vengaré el tiempo y el espacio
Habitaré en el umbral de la nada
Sumergiré mi amor y mi odio
En mares impostergables.

Volaré los kilómetros necesarios
Para llegar a tu espacio
Te buscaré entre gente sin rostro
Y no serás vos, mi amor, ni por un instante.



Te esperé
Queriendo que volvieras
Como vuelven los recuerdos.

Te llamé
Entre nubes de tormenta
Y el viento frío del invierno.

Te busqué
Entre gentes ajustadas
Con articulados movimientos para amar.

Te soñé
Intentando escapar
De previsibles remolinos necesarios.

Te lloré
Tratando que entendieras.

Te amé
Bajando las escaleras de un cine.


(Poemas publicados en El blog de Emma Gunst).

14 de mayo de 2013

Reflejos hereditarios


A veces no soporto que me toquen. Ni siquiera mi hijo, a quien amo y por quien daría la vida.
Es que me da un escozor por la espalda... y me acuerdo de mi madre. A ella tampoco le gustaba que la tocaran, a veces.
Yo me acuerdo que -cuando era chico- no lo entendía. Cómo podía ser que a una madre no le gustase -por más que fuera sólo a veces- que un hijo la tocara. Ella se sacudía en pequeños espasmos. Movía la cabeza de un lado a otro, con movimientos cortitos y veloces, al compás de ambos brazos. No era un movimiento exagerado pero era suficiente para hacerme saber que lo que le molestaba era mi mano pequeña (y hasta sucia) en su espalda.
Entonces yo la retiraba. Más por miedo a la represalia que por la comprensión acabada del porqué le molestaría tanto.
Nunca había reparado en lo hereditario de algunos reflejos. Nunca hasta hoy, que mi hijo asienta su mano pequeña (y con seguridad sucia) en mi espalda. Y yo empiezo a sacudirme en pequeños espasmos. Y me corre un escozor por la espalda...

15 de marzo de 2013

Duelo


Hoy me acurruqué en el sillón del living y me tapé con la manta color café que me regaló mi madre cuando yo ya no era tan niña. Sentada, me fui haciendo un ovillo cada vez más pequeño, con mis brazos rodeando ambas piernas a la altura de los tobillos y con la cabeza metida entre las rodillas. El frío casi abrupto con el que empezó el día fue invadiendo los recovecos de toda la casa al punto que debí cerrar todas las ventanas. Aún así, estaba helado. Con la nariz pegada a las piernas absorbí el olor a encierro de mis joggings grises, recién salidos de la valija en la que duermen su verano todos mis abrigos. Respiré tantas veces su olor que dejé de sentirlo de antaño y todos mis sentidos se aclimataron a la temperatura naciente.
Empezó el invierno. Qué sabrá él de mi estado de ánimo si hasta ayer nomás sólo conocía mi dolor la hojarasca que crujía bajo mis pies, mientras los árboles, impúdicos, me señalaban un camino dorado y salpicado de nubarrones.
Ahora que el otoño se ha ido, se ha llevado con él las hojas muertas y el olor a tierra mojada. Se llevó también una pequeña partecita de mi aflicción: un paseo que dimos por un camino ya olvidado, en el que nos miramos por primera vez a los ojos y no hicieron falta palabras; y una ya lejana tarde otoñal en la que remontamos barriletes como si de ello dependiera nuestro destino.
Pero ahora que empezó el invierno, el frío y yo tendremos que acostumbrarnos. Acomodar los cuerpos. Yo lo haré con abrigos. El, llevándose algunos de mis sentires.
Puestos a elegir, sé que se llevará aquel momento -de no hace tantos años atrás- en el que tiritando de frío pero muertos de risa, vimos juntos por primera vez un amanecer sentados en la playa, frente al mar, tapados con una vieja colcha marrón que apestaba a humedad y tenía más agujeros que un colador.  
Ahora es invierno. Antes, cuando supe que no iba a volver a verte, había sido verano.
Fue un verano -que olía a damas de noche y a geranios- cuando saltaste la tapia que unía tu casa con la mía, te escabulliste entre los ligustros y con la cabeza llena de hojas y las palmas de las manos rojas de raspones, trepaste hasta mi ventana. Y fue también verano cuando, sentados en el mismo sillón contra el que ahora que empezó el invierno me acurruco, salieron de tu boca (esa que tanto amaba) las palabras más bellas que jamás había oído y se quedaron suspendidas un instante mágico en el aire.
Pero antes que el invierno se metiera por mi ventana y me obligara a sacar mi manta color café; incluso antes que el otoño se abriera paso entre los últimos calores del verano, fue primavera. En una primavera que sabía a ropa secada al sol y a baldosas recién regadas, tu boca tocó la mía y yo sentí, por primera vez, cómo tu cuerpo entero temblaba apoyado contra mí.
También en primavera cantó un colibrí y vos me explicaste que los sonidos de cortejo de los colibríes machos eran producidos por el viento que atraviesa las plumas de sus colas cuando éstos hacen picadas en el aire.
Y ahora que empezó el invierno y el ciclo de las estaciones está terminando de dar la vuelta completa, sé a ciencia cierta que la rueda arrastrará consigo el último vestigio de vos.
Lo sé porque después que te fuiste hicimos un pacto. Ellas y yo.
Ellas se llevarían a su paso el sabor amargo de este pecho estrujado, de este nudo en la garganta que aún siento a veces al tragar, de estas lágrimas inservibles que lloran porque no estás, de este silencio que inunda la casa y no me deja en paz, de los cajones vacíos que no se volverán a llenar, de tu presencia fantasmal que -por más que insisto- no se va, de este sinsentido que no es mío pero está.
Mi parte del trato sería más terrenal. Yo, por mi parte, me sentaría -a corazón abierto- en el sillón del living para que cada una de ellas se asomara a diagnosticar el cierre, lento pero certero, de la cicatriz que me dejaste al marchar.

7 de marzo de 2013

Homenaje


Saber que te has ido para no volver: el eterno desconsuelo de los ateos. Esa certeza de saberte ya en ninguna parte. Esa irrefutable evidencia de que no te has ido más que a la tierra de donde viniste un día, y ya pronto ni siquiera ahí estarás.
¿Cómo me encontraste? Si te fuiste así, tan rápido, que ni tiempo tuvimos de decirnos nada.
Al principio no te reconocí. O quizás me costó creer que fueras vos. Pero luego te oí venir. Fueron tus pasos los que te delataron. Ese andar de tus pies pesados raspando el suelo a medida que te acercabas.
Pude espiarte por la mirilla del ojo izquierdo mientras achicabas la distancia que nos separaba. Después te perdí un segundo. Pero sólo fue el instante previo a presentir tu sombra justo detrás de la mía. Sentí cómo tus manos se asentaban sin apuros sobre cada uno de mis hombros. Apreté fuerte los ojos, a destiempo, pero qué podía hacerle. Fue tarde para atajar las lágrimas que rodaban cara abajo y se estrellaban contra el piso. Las que logré atrapar se diluyeron tras los párpados cerrados para rearmarse del otro lado -como quien aprieta una bolita de mercurio y luego junta sus pedazos a empujones- uniéndose al resto de paracaidistas suicidas.
Fue tu voz la que habló a mis espaldas: “no, no. No empieces tan temprano”. Me quedé muda. No entendí la sentencia. ¿Era simplemente el anuncio de que ahí estabas? Siempre solías anunciarte con maneras sinsentido, con frases desconexas. Y parecías no haber perdido la costumbre. Pero yo ya sabía que ahí estabas: si eran tus manos gruesas y ajadas las que tomaban mis hombros como si no fueran a soltarlos jamás.
Respiré olor a tabaco, ese que tenías impregnado en la piel desde hacía tanto tiempo. Pude ver tus dedos amarillentos, de uñas ya marrones. Me pareció oír que también tosías. Pero no estoy muy segura.
No abrí los ojos. Era lindo reconocerte con todos los sentidos. Respiré más hondo y me choqué con ese conjunto azul de grafa que usabas en las fábricas. Pasaste por tantas (y siempre la misma camisa, siempre el mismo pantalón).
Ya no te veo, es cierto. No podré volver a verte nunca más. Y sufro el eterno desconsuelo de los ateos.
Pero qué suerte que hoy viniste. Qué suerte que hoy pudiste encontrarme acá, sentada en este banco marrón que huele a pupitre de escuela y a tiza recién borrada del pizarrón.
Si hubiera sido por mí, no hubiera sabido por dónde empezar a buscarte.
Sí, sí. Ya lo sé. Creeme que lo entiendo. Sé que no será fácil que nos volvamos a encontrar. Sé que quizás pasen meses. O años. Es esa manía que tienen los sueños, ¿viste? Tan impredecible, tan laberíntica, tan empecinada en que volvamos a perdernos.
Pero qué bueno que hoy pudimos vernos. ¿No creés? Nos lo debíamos.
Digo: más allá de los besos y los abrazos que nos faltaron, nos debíamos este habernos encontrado.
Hasta la próxima, viejo. Hasta siempre.

15 de mayo de 2012

A qué huelen los e-books

Cuando mi amiga Clara me mostró por primera vez su e-reader sentí que el mundo se me venía abajo. Ni más ni menos que ella, ávida lectora de toda la vida (leía un promedio de 100 libros al año y ninguno de sus dos hijos –ya pasados de adolescencia– se iba a dormir sin antes escuchar las historias de Harry Potter, Tolkien o hasta el mismísimo Roberto Arlt, en una especie de pacto sagrado que tenían desde su niñez).
Escuché atentamente todas las bondades –que a mis oídos no sonaban más que a débiles atenuantes– de tener uno de estos aparatejos electrónicos: libros que aún no llegaban a nuestro mercado literario, tener en menos de 500 gramos setecientos títulos de la más diversa índole –algunos de ellos incluso inéditos en papel–; sin contar los beneficios que traía el no acarrerar con tres o cuatro libros encima al salir de vacaciones.
Volví a casa devastado. “Con los libros no, los libros son otra cosa”, pensé.
Antes de seguir, una aclaración necesaria: no soy una persona que se lleve mal con la tecnología ni mucho menos. De hecho, todo lo contrario: tengo dos celulares (uno de ellos inteligente), una notebook y estoy en cuanta red social y microblogging alguien ose preguntar. Si hasta leo tres o cuatro diarios desde mi Blackberry los domingos a la mañana, mientras el diario local duerme sobre la mesa del comedor.
Y para el registro, si mi persona tuviese que definirse según las estrictas acepciones de la Real Academia Española, seguramente la definición sería: Dícese de aquella persona que gusta de acumular libros en su biblioteca y los ordena por tamaños, por colores, por autores, por títulos, o por qué más da.
Una segunda acepción (quizás un tanto más dura) apuntaría lo siguiente: Dícese de aquella persona que tiene marcada propensión a la compra de libros, a pedirlos prestados (en ocasiones también a prestarlos), a tomarlos con disimulo de la casa de sus amigos o simplemente a llevárselos descaradamente de la casa de la mayoría de ellos, de manera tal que los acumula sin solución de continuidad.
Y una tercera acepción (ésta sí, ya lapidaria) me acusaría de acaparar todo material literario que cae –accidentalmente o no– a mis manos.
(Si hasta mi pobre madre, dueña de una vasta biblioteca se ha visto saqueada por mis conductas casi delictivas: todo libro que por herencia iría a parar a mis manos de cualquier modo, ya forma parte de mi frondosa biblioteca).
Tal vez se debió a mi comportamiento un tanto insano, que el hecho de que Clara se comprase un e-reader me había hecho sentir solo, abandonado y a la deriva en mi cruzada.
Decidí entonces subir a la biblioteca (quizás el último bastión que me quedaba). Abrí la puerta, todo estaba tal y cual lo había dejado. Recorrí los estantes con la mirada y repasé uno a uno los libros que descansaban –en un estado de letargo que me fascinaba contemplar– sobre los estantes.
Con mi dedo índice viajé al interior de cada uno de ellos. A mi paso los lomos se agitaban y sobresalían como un gatito siamés que siente la mano de su amo a punto de acariciarlo.
Elegí uno que me hizo cosquillas saliéndome al paso torpemente, lo saqué de su lugar en el estante, soplé el polvo de su portada y leí: “Las aventuras de Tom Sawyer, Mark Twain”. No pude evitar sonreír, el solo hecho de tenerlo entre mis manos me transportaba casi treinta años atrás, cuando lo había leído por primera vez. “La tía Polly… ¡si hasta yo le tenía miedo y hubiese huido en cuantito me mandara a pintar la cerca de punta a punta!”, pensé.
Abracé el libro contra mi pecho y retrocedí un par de pasos hasta poder contemplar en todo su esplendor mi vasto tesoro.
Qué colores, qué contrastes, qué diversidad de tamaños (y de formas), cuántos mundos eran los que había detrás de cada uno de aquellos libros.
Parado en el medio de mi biblioteca, volví a pensar en el e-reader. Pensé que entonces este bicho electrónico vendría a representar, en una clara treta macabra del destino, a mi biblioteca. “Sólo que a la enésima potencia”, pensé segundos después de establecer tamaña comparación.
Tomé el libro tal y como me había enseñado mi madre: con la mano izquierda teniéndolo desde abajo, como se tiene a un bebé recién nacido; entre los dedos, la portada y la contratapa.
El pulgar de la mano derecha fue el encargado de hacer el resto: pasar una a una sus páginas hasta que la brisa tocara mi cara y el olor de sus páginas se metiera de lleno en mi nariz. Entonces el ritual de siempre, cerrar los ojos y dejarse llevar. Olía a papel viejo, a letras olvidadas, a fábulas pasadas, a mundos fantásticos, a personajes inolvidables: olía a un mundo de historias esperando, acurrucadas, el momento de salir, de ser liberadas.
Pensé otra vez en el e-reader. ¿A qué olerá un e-reader? No podía ir con semejante pregunta a ver a mi amiga Clara. No quería ponerla en semejante compromiso, máxime a sabiendas de que era una pregunta retórica. En definitiva, una pregunta sin sentido.
“Los e-readers no huelen a nada, del mismo modo que los androides no sueñan con ovejas eléctricas”, refunfuñé mientras bajaba las escaleras.
Al llegar abajo tropecé con mi hijo que paseaba por el living sus ocho años de edad leyendo ni más ni menos que Las Aventuras de Tom Sawyer, aunque en una versión abreviada del título original. Iba por el capítulo cuatro, capítulo en el que, un lunes por la mañana –días tristísimos para Tom porque debía volver a la escuela–, la tía Polly le sacó a la fuerza un diente flojo con un hilo y lo puso de patitas rumbo al colegio.
Sentí curiosidad y me senté a contemplarlo. Tras verlo pasar un par de hojas, le hablé.
Cuando le pregunté qué era lo primero que hacía cuando un libro llegaba a sus manos (tuve que repreguntar para que entendiera de qué estaba yo hablando) se limitó a encogerse de hombros y decir: “sólo empiezo a leerlo”.
Volví a pensar en el e-reader. ¿Qué hace uno con un lector electrónico de libros cuando éste llega a sus manos?
La respuesta me cayó como balde de agua fría: exactamente eso, comenzar a leer.
Ahora no era sólo mi amiga Clara la que había echado por tierra todos mis rituales al empezar a leer un libro, comprándose su bendito e-reader. Ya eran dos: mi hijo se sumaba a la cruzada demostrándome que el único fin posible de un libro era ser leído sin mayores preámbulos.
Pero yo no quería tener un e-reader. Yo quería tener mi biblioteca, acrecentarla cada vez más, si he de ser del todo honesto. Verla alcanzar un tamaño tal, que tuviese que seguir agregando estantes para alojar mis nuevas adquisiciones.
¿Cómo podía ser que alguien empezara a leer un libro así, sin más? Arrancar de buenas a primeras por el capítulo número uno, sin antes haberlo hojeado siquiera, sin leer la reseña, sin mirarlo a ambos lados, sin ver su contratapa. Sin siquiera leer –o repasar– los datos del autor. Sin dejarse llevar por ese olor que encerraba todo por conocer, que atrapaba aquellas letras parejas que conducían a cada una de las diferentes historias. ¿Sería yo el que, entrado en años, me había quedado en el tiempo y ya los libros no se disfrutaban de la misma manera? No es que no me deleitase con cada una de mis lecturas, no es eso lo que trato de significar. Sólo que me era imposible concebirlas sin todo aquel ritual previo.
Gané la calle, caminé tres cuadras y ya estaba adentro de la librería de mi barrio. Escuché cómo la campanilla que colgaba en la puerta anunciaba mi llegada; el viejo librero hizo el ritual de siempre: bajó con el dedo índice sus anteojos hasta la punta de la nariz, me mostró una sonrisa a la que le faltaban un par de dientes y volvió a la lectura de su libro sobre el mostrador.
Me adentré entre los escaparates sin una ruta preestablecida. Me gustaba perderme entre los estantes, dejar que los autores fueran sorprendiéndome a medida que avanzaba. Sin un orden preciso, iba leyendo títulos de arriba hacia abajo, saltaba de una punta a la otra, caminaba en cuclillas varios pasos y mis pies me elevaban hasta el último de los estantes al instante siguiente. Siempre celebraba que casi nadie visitara la vieja librería: me asemejaba bastante a un mal bailarín de música árabe cuando me encontraba en esos menesteres.
En pocas ocasiones entraba buscando algo en particular, pero jamás había logrado irme sin un libro bajo el brazo.
Ensayé varios pasos más de baile mal dados y ya estaba en condiciones de volver a salir a la calle. Porque, cómo decirlo: las librerías eran para mí un refugio contra el afuera; un salto en el tiempo. Una bocanada de aire fresco, un túnel hacia todos lados.
Pasadas algunas semanas, la cotidianeidad y la rutina diaria habían logrado arrancarme –o en el peor de los casos aplacar– la sensación de desasosiego que se me había metido dentro desde que visité por última vez a mi amiga Clara. En resumidas cuentas, había llegado a un acuerdo conmigo mismo; si Clara quería tener su e-reader, allá ella. Yo no era quién para cuestionar sus decisiones. Después de todo yo la quería más allá de determinados actos, aunque algunos fuesen tan incomprensibles para mí como éste. (¡Comprarse un e-reader! ¿Dónde se había visto eso?).
Era la mañana de navidad. El silencio que reinaba en mi habitación se vio interrumpido de repente por 26 kilos que cayeron como una bolsa de papas sobre mis costillas, al son de un cántico ininterrumpido y agudo que recitaba: “arriba, arriba, hay que levantarse”.
Medio dormido aún, alcancé a comprender por qué, siendo las ocho treinta del sábado, el pequeño se empecinaba en levantarme: quería darme mi regalo. Bajó las escaleras a los tropezones, corrió a buscar mi paquete de abajo del árbol y en menos de un minuto ya había vuelto a aterrizar sobre mi cama. Tomé el regalo entre mis manos. Lo agité un poco. Me lo llevé al oído al tiempo que le preguntaba si hacía ruido. Lo desenvolví lenta y parsimoniosamente mientras disfrutaba de sus gestos desesperados y de su cara, que iba mudando gestos a razón de uno cada tres segundos y medio.
El último envoltorio cayó al piso y asomó en su interior un e-reader. Lo miré desconcertado, al tiempo que una sonrisa que iba de punta a punta de su carita redonda me pegaba en lo más hondo de mi ser.
Entonces lo oí. Él, con su vocecita colmada de impaciencia, me decía: “ahora vas a poder tener toda tu biblioteca acá adentro, pá”.

16 de octubre de 2011

La mora caída


Los veranos en San Pedro eran intolerables. Clima árido por demás, polvo hacia donde uno mirase, y una infancia encendida a todas luces, que pretendía llevarse el mundo por delante.Desde mis escasos años de vida, las calles desérticas de aquel caserío sólo me remitían a pueblos abandonados de películas del Lejano Oeste, donde los cardos rodaban por calles de tierra y el viento seco pegaba de lleno en las caras de quienes se atrevían a hacerle frente.
Todas las casas estaban en sintonía: los pisos eran de tierra, el lugar de las puertas era ocupado por cortinas y ninguna de ellas pasaba del revoque grueso en sus paredes; al pueblo no llegaba la luz eléctrica y un sinnúmero de faroles a kerosene iban iluminando los hogares en una suerte de dominó gigante cuando la luz del sol empezaba su retirada e iba oscureciendo, una a una, todas las fachadas.
Inmensos y solitarios montes poblados de diminutos arbustos -de aspecto peloso y flores de color amarillo vivo- esperaban cada tarde a los más pequeños, en lo que era un juego de los tantos que inventábamos a falta de vidrieras o televisores. Juntar con nuestras propias manitos la jarilla que acababa convertida luego, en las manos laboriosas de nuestras madres, en frondosas escobas.
Casi todas las familias tenían en sus patios modestas quintas, encargadas de proveer las verduras frescas. En una que otra casa se podían observar también gallinas, conejos y cerdos.
Pero la nuestra, sin lugar a dudas era la que daba la nota: había, además, teros, dos nutrias, una cabra llamada Claudia, un lechuzo pequeño que respondía al nombre de Saturnino y por supuesto Valentina, la vaca.
Una sola cosa hacía que el pueblo entero enmudeciera de punta a punta: desde los niños hasta los animales. Era la hora de la siesta.
El silencio que reinaba en el poblado a la hora de la siesta era absoluto. No volaba ni una sola mosca en ninguna de las casas vecinas. Sólo se oía uno que otro pájaro a lo lejos. Durante ese periodo, el tiempo parecía detenerse en las paredes gastadas de la habitación y apelábamos a los instintos más primarios de nuestra imaginación para no morir de aburrimiento. Mirando el techo estudiamos minuciosamente las extrañas formas que pueden adquirir determinadas manchas, y tocando insectos -con palitos y a prudente distancia-, aprendimos a controlar nuestros miedos más primitivos.
El movimiento en la habitación del lado nos sacaba del impuesto letargo y le devolvía la movilidad al tiempo. Con mi hermano, saltábamos presurosos de nuestras camas y nos alistábamos para la mayor de las aventuras.
Llegar al lugar nos tomaba unos treinta minutos, pero que bien valían el esfuerzo y la larga caminata bajo el sol.
Una acequia rodeada de pasto nos esperaba cada tarde. Sobre ella, el mejor de los deleites: una planta de moras suspendida sobre la zanja, que con sus frutos carnosos, blandos, agridulces, ensombrecía el canal y mantenía el agua fuera del alcance de los rayos del sol.
Ni bien divisado, nos lanzábamos a la carrera. La ropa iba quedando desparramada al lado del camino y ya ni siquiera oíamos el "¡despacio, chicos!" de mi madre.
La habíamos bautizado "La mora caída" pues sus largas ramas acariciaban el agua con suaves movimientos en lo que parecían largos y pasmosos brazos bailando al son de una brisa que iba y venía de una punta a la otra de la acequia. Cada tarde llegábamos con la incertidumbre de no saber si aún estaría allí: la planta parecía de a ratos a punto de venirse abajo… pero nunca cedía.
Un sacrificado gajo soportaba nuestros juegos más insólitos. Las moras saltaban del árbol al son de nuestros intrépidos balanceos y se echaban al agua, sedientas y acaloradas. Eran canicas, balas, crayones y hasta diminutos hombrecillos dignos de ser rescatados de los caudalosos rápidos a los que eran empujados por temerosos animales de la selva.
Tendidos a la sombra de aquel viejo árbol pasamos los momentos más lindos de nuestra niñez. Al lado de una acequia que mi mente emparentó siempre más con un río que con un diminuto canal, alimentamos nuestros sueños y nuestros estómagos. 
Muchos años más tarde volví a San Pedro. Era verano, el calor seguía siendo insoportable. Con ansias corrí hasta el que fuera nuestro tesoro más preciado (y hasta me pareció escuchar la voz de mi madre -como un eco lejano- pidiéndome que fuera más despacio). Me detuve en seco. Todas las imágenes que había conservado intactas se derrumbaron tras un par de parpadeos atónitos. El aroma agridulce de aquellos frutos morados que perfumaran mi infancia -y que mi memoria no había querido nunca olvidar- desapareció con la primera bocanada de aire que pude tomar.
“La mora caída” ya no estaba ahí. La acequia había desaparecido. Quizás algún lugareño, cansado de esperar una caída natural que nunca se producía, había terminado con ella en solo unos cuantos hachazos.
En su lugar, sólo quedaban los restos de mi infancia... y un par de moras caídas.

12 de febrero de 2010

Noticia de una muerte

Escuchó la noticia de su propia muerte mientras se afeitaba, parado y con las piernas medio abiertas frente al lavabo. El anuncio lo estaba dando el mismo locutor que cada día -a las seis de la mañana- lo ponía al tanto de lo que sucedía en el mundo (como en una especie de cábala matutina, era incapaz de poner un pie en la calle sin haber escuchado el noticiero de las 6 am).Al principio le pareció una broma de mal gusto, un chiste macabro o un triste error en la información. Pero a medida que el conductor avanzaba sobre los acontecimientos que habían llevado a aquel hombre -que como cada mañana, se afeitaba de cara al espejo del baño- a quedarse sin vida, más desconcertado se sentía.Con un nombre como Aristo Neva las posibilidades que habían de ser sólo un homónimo del difunto eran muy poco probables. Y pensándoselo un poco mejor, casi imposibles. Nunca había terminado de comprender por qué sus padres se habían ensañado con él de esa manera, cuarenta y cinco años antes, en una triste habitación de hospital.
Dejó los movimientos automáticos que su mano hacía contra su rostro y se sacó restos de espuma con una toalla. Se acercó despacio hasta la habitación desde donde el locutor daba el anuncio del accidente y se desplomó sobre la cama sin entender si realmente estaba despierto.
No había caso, mientras más esfuerzo hacía por comprender lo que estaba sucediendo, menos sentido le encontraba a lo que escuchaba. Al parecer había sido un choque en la autopista: él venía manejando por el carril correcto y a velocidad prudente hasta que se le cruzó en el camino algún trasnochado. Según fuentes de la policía, a juzgar por las marcas que había dejado el Sedan en el asfalto, Aristo habría pegado un volantazo repentino que lo dejó en la banquina sobre la que el auto empezó a dar vueltas hasta ir a parar contra una hilera de árboles que sujetaban el camino. “Todavía estamos tratando de determinar la causa del suceso. Es prematuro aún confirmar si se trató realmente de un accidente. Al parecer el otro coche salió de la nada para embestirlo”, decía el jefe de policía a cargo del operativo. “La muerte fue instantánea”, aseguraba una voz que él no alcanzaba a reconocer del todo, pero que le sonaba harto familiar.
Habían trasladado el cadáver hasta la morgue pues no había habido nadie que se presentara a reclamar el cuerpo y en lo primero que Aristo pensó cuando oyó esto último fue en sus seres queridos: debían estar todos convulsionados con la noticia.
Llegó hasta el teléfono de la mesa de luz y quiso marcar un número. Pero ni un solo recuerdo le vino a la mente. De repente se dio cuenta que estaba solo en el mundo. Por elección propia, pero que más daba. Pensó en sus enemigos, que harían lo que fuera con tal de verle salir de su madriguera y entonces sintió que la ecuación empezaba a cerrarle. Sin embargo había cabos sueltos que no alcanzaba a atar del todo.

Aún perplejo, se vistió con lo que encontró a mano y, a medio afeitar, bajó por las escaleras del hotel.
Llegó hasta el lobby y se encontró con el conserje de la mañana que en estado todavía somnoliento escuchaba la radio. Aristo nunca había sido bueno leyendo la cara de la gente y tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para adivinar si el conserje ya estaba al tanto de la situación. Ni un solo músculo de la cara en aquel hombre le indicó la más mínima sospecha: el conserje desconocía que Aristo tenía casi 12 horas de fallecido. Llevaba viviendo allí casi dos meses y el personal del hotel lo trataba como a un integrante más de aquella gran familia. Salió a la calle, caminó media cuadra y entró en la cochera donde guardaba su sedan azul. Subió decidido a conducir hasta la morgue. Debía encontrarse cara a cara con su propio cadáver. Veinte minutos más tarde entró al edificio en el que, según las noticias de las seis de la mañana, habían ingresado el cuerpo sin vida de Aristo Neva. Después de sortear todos los obstáculos que le impedían llegar hasta el cadáver -tuvo que justificar un parentesco de primer grado, entre otros pormenores- entró en una bóveda blanca que emanaba olores nauseabundos de cadáveres en descomposición. Un sujeto pálido y enjuto abrió la puerta de la cámara y desde el fondo estiró una camilla cubierta por una sábana sucia y maloliente. Miró a Aristo esperando alguna mueca de aprobación para proceder y éste hizo una especie de gesto que simulaba una seguridad que no tenía. Le temblaba desde la boca hasta la punta de los pies. Tenía la garganta seca, el corazón le latía desparejo. Sintió que de un momento a otro caería desmayado ahí mismo. Aún así, le pidió al muchacho enjuto que prosiguiera.
Tal vez pensó -en un intento desesperado por no soltar el último bastión de cordura que le quedaba - que todo aquello era una absurda pesadilla y que una vez descubierto aquel cuerpo, (que vaya a saber de quién sería) despertaría.
Pero nada de eso sucedió.
Lo que vio lo paralizó hasta dejarlo sin aliento. Era él mismo, inmóvil, tendido en aquella camilla, un color morado -morado de muerte absoluta- le atravesaba todo el cuerpo. Era él, sin lugar a dudas era él.
Una arcada nacida desde lo más hondo le llegó a la boca en el mismo instante en el que se agachaba contra un tarro puesto a los fines. Se limpió la boca contra la manga de la camisa y esquivó la mirada perpleja del muchacho pálido que, sin emitir palabra, pedía explicaciones que Aristo no podía darle.
Salió con paso apresurado de la habitación. Dando tumbos llegó hasta la calle. Una vez en el auto empezó a golpearse la cara contra el volante: lo único que quería en la vida era despertarse de aquel sueño horrendo. Ningún hombre que mira su propia muerte a la cara tiene el coraje luego de seguir viviendo.
Pasaron muchas horas. El sol empezó a alejarse. Casi sin darse cuenta ya estaba otra vez sobre la autopista que lo llevaría de vuelta a su casa. Pensó que aún había tiempo, que todavía no era tan tarde. Que no todo estaba perdido. Tenía tanto por hacer. Era un último intento desesperado. Las lágrimas le impedían ver con claridad la ruta. Manejaba con la inercia de quien vuelve de su propia muerte a remendar errores del pasado, pero al mismo tiempo con la pasmosa tranquilidad de quien tiene toda la vida por delante.

Quizás fue por eso que no vio el coche que venía de frente. O tal vez ya había resuelto batirse a duelo con la muerte en aquella carretera, sobre la misma en la que horas antes le habían arrebatado la vida.
Pero en el último instante se arrepintió. O no le gustó lo que vio. Pegó un volantazo repentino que lo dejó en la banquina y sobre la que el auto empezó a dar vueltas hasta ir a parar contra una hilera de árboles que sujetaban el camino. Ya no sentía casi nada. La bocina no paraba de sonar y por sobre ella podía escuchar cómo transeúntes desconocidos empezaban a agolparse alrededor del automóvil. Antes de morir, alcanzó a ver en la pantalla de su teléfono celular la hora: eran las 7 de la tarde del jueves 23 de octubre. Entonces supo que ya nunca más llegaría a escuchar el noticiero de las 6 de la mañana.

(Relato publicado por el diario Los Andes).
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Córdoba, Córdoba, Argentina
Guillermina Delupi© nació en San Luis en 1975. Actualmente vive en Córdoba. En 2011 participó del Primer Certamen de Ensayos "Las Nuestras. Mujeres que hicieron historia en Córdoba" y su ensayo fue publicado en un libro que reunió los relatos ganadores. En diciembre de ese año La Central, revista cordobesa de cultura, publicó su relato: "El hacedor de pollitos de colores". El diario Los Andes (Mendoza) publicó en 2012 el cuento "Noticia de una muerte" y en diciembre de 2013 la revista Rumbos digital publicó su relato "Las mujeres de mi familia". En 2014, la editorial Dunken incluyó su poema "De una vez" en la compilación "Letras del Face 3" y seleccionó “El hacedor de pollitos de colores” para integrar el libro de cuentos “Viajá conmigo”. En junio de 2014 ganó el 3° premio en el certamen literario nacional Paco Urondo y en septiembre Marcel Maidana Ediciones editó su eBook: “Fantasmas de otros”. En junio de 2019, su primer recital de poesía recibió un beneplácito del Concejo Deliberante de Córdoba por su aporte a la cultura. Ah, su amiga Emma Gunst (emmagunst.blogspot.com.ar) publicó tres de sus poemas en el blog que reúne a mujeres poetas de todo el mundo y de todos los tiempos.