27 de noviembre de 2014

Una respuesta para la Maga

Mi amiga, la Maga, está muy seria esta noche. Su ceño fruncido dibuja dos líneas entre ambas cejas, que van y vienen a merced de sus gestos y cavilaciones.
Me mira con sus ojos marrones muy abiertos y me pregunta -sin pestañar- qué es para mí el amor.
Me insta a que lo defina porque le urge saberlo. Me dice que mis palabras son como curitas y que le interesa mucho -así dice- mi opinión.
La Maga está ansiosa esta noche de luna tenue y nubarrones imprevistos. Ella quiere saber qué es el amor entre un hombre y una mujer.
Ensayo palabras en el aire. Le digo que no sé lo que es el amor. Le digo que tiene tantas formas. Que varía tanto. Que depende. Que son matices.
Pero ella quiere definiciones; y las quiere ahora. Entonces le miento, le prometo que voy a tratar de escribir algo que explique lo que es el amor. Ella bosqueja una sonrisa y sus ojos marrones brillan un momento. Masculla no sé qué cosas sobre anclas y brújulas y me dice que necesita coraje para abrazar el miedo. Después se va. Supongo que se va contenta. No ha logrado todo lo que vino a buscar, pero al menos se ha llevado una promesa.
Me recuesto en el sofá, miro el techo y respiro hondo. Tamaña empresa en la que me he metido. Cómo carajo le explico a la Maga lo que es el amor. De todas las preguntas que podía hacerme, tenía que hacer justamente ésta.
Entonces pruebo definiciones, voy al diccionario, me sumerjo en Wikipedia, me atosigo de imágenes, pinturas, óleos y navego por la infinidad de portales que intentan darle forma al amor a través de poemas, corazones y cupidos. Me doy cuenta de lo que hago y me siento ridículo: sé que no habrá nada allí que conforme a la Maga.
Porque la Maga no quiere definiciones de diccionario. Ella quiere que yo le explique lo que es, verdaderamente, el amor. Y sé que no voy a poder engañarla. No podré conformarla con aquella célebre frase de Saint-Exupéry: “amar no es mirarse el uno al otro, sino mirar ambos en la misma dirección”. Tampoco podré contentarla con el tercer poema de amor de Roque Dalton: “a quienes te digan que nuestro amor / es extraordinario / porque ha nacido de circunstancias / extraordinarias / diles que precisamente luchamos / para que un amor como el nuestro / (amor entre compañeros de combate) / llegue a ser en El Salvador / el amor más común y corriente, / casi el único”.
Subo el cierre de mi campera hasta el cuello y salgo a la calle a buscar una contestación para la Maga. Camino un largo rato pensando en una respuesta que no tengo (de todas las preguntas que podías hacerme, Maga, viniste a elegir la más difícil, me sigo repitiendo por lo bajo).
Hace frío esta noche de lechuzas blancas y en las calles se multiplican los abrazos cálidos y las miradas cómplices. Una chica hunde la nariz en el pecho de su amante. Más lejos, un muchacho sentado a horcajadas de su novia, la despeina y se ríen y juegan. En una esquina una pareja se besa, se pelea, se abraza, llora. ¿Está en esas pequeñas cosas el amor? ¿Son esos los actos que lo definen? ¿En esos gestos está encerrado?
Evoco palabras pasadas y me las llevo a la boca, ensayando posibles respuestas en voz baja. Pasión, irracionalidad, razón, metafísica dan vueltas por mi cabeza de manera desordenada e improlija. Me acuerdo de algo que leí hace poco: “el círculo del amor no es más que vivir la adrenalina de conquistar; el placer de lograrlo; la tranquilidad de tenerlo; el dolor de perderlo; la bohemia de buscarlo y el frenesí de volver a elegirlo”. ¿Será?
Pienso en la cantidad de veces que yo mismo me he enamorado y me acuerdo de las palabras exactas de Miguel, la vez que él ensayó su propia explicación de lo inexplicable: “el amor es un conjunto indefinido de sentimientos, de sensaciones, de ilusiones. Compartido o no, porque a veces es unilateral, pero igual de intenso. Y mientras más intenso, más evanescente. Pero ese es el amor de la pasión arrebatadora. Está también el otro, el de la cómoda molicie y la protectora armonía de la vida compartida con los desafíos de la vida cotidiana. Es el que dura, casi como una amistad profunda. ¿Si aún así sigue siendo amor? Me parece que sí. Y solo se valora en toda su dimensión cuando se pierde. Es menos intenso y más crónico, claro. No se comparan. Se sueña con el primero pero se vive con el segundo. Y eso, sólo cuando uno es afortunado”.
A medida que emprendo la vuelta a casa, esperando no llegar demasiado tarde con este manojo parchado de palabras inconclusas -inconclusas pero honestas, me digo para no desanimarme tanto-, me viene a la memoria un poema del colombiano Cobo Borda.
Y sonrío tristemente pensando en los grandes ojos marrones de la Maga. De la Maga y sus preguntas implacables (menos mal que no me preguntó por qué el amor se acaba. Menos mal).

“Una tarde el amor se acaba
y tanta magia
se trueca en fastidiosa servidumbre
y las palabras únicas
son ruido
para llenar vacíos.
Asoma la bobería de todo ser
y ningún esfuerzo
logra encender de nuevo
ese sol
de la atracción sin límites.
Todo es incomodidad y fuga
para no herir, en vano,
y decretar por fin lo irremediable.
Lo sabido pero no aceptado.
Súbditos de vanas fantasías
vemos caer a tierra
la pintura fervorosa
que aplicamos sobre nadas
que ahora sí son nada.
Y lo peor de todo:
el alivio que experimentamos
al cancelar la dicha
y eludir la trampa
felices de iniciar el duelo
y decir adiós, con mucha calma”.
(Juan Gustavo Cobo Borda, Colombia, 1948).

25 de noviembre de 2014

Esa mujer que ves

Claro que no soy esa mujer que ves atravesar la puerta cada mañana. Claro que no soy esa única mujer. ¿O es que acaso pensaste que iba a salir a la calle así, sin protección alguna?
Esa mujer que ves es nuestro escudo, nuestra armadura contra un mundo hostil e innecesario. Un mundo que nos haría añicos sin esta coraza que nos he inventado a fuerza de años vividos, de errores cometidos y de aciertos bienvenidos.
Esa mujer que ves, dejame que te diga, tiene en sus manos una tarea indispensable: es la encargada de sostener al resto de nosotras; está a cargo de encastrar en una sola pieza a todas las mujeres que soy, de armarnos en un perfecto e indisoluble rompecabezas que nos muestre al mundo como una única composición.
Pero a veces sucede que esa mujer fuerte y valiente que ves salir cada mañana, esa mujer que porta sólo desafío en su mirada y que pareciera llevarse el mundo por delante, esa mujer aguerrida que no le teme a nada trastabilla, tropieza, se cae. Se da de bruces contra el suelo y hace trizas nuestra coraza. Y entonces: la hecatombe.
Porque cuando eso sucede, cuando esa coraza que nos he construido se cae, todas las mujeres que me habitan se sientan descalzas en el cordón de la vereda, con los ojos húmedos puestos en la nada, con las manos perdidas en el más irracional de los temores. Con la postura inexorable de los derrotados. No se mueven. Ni siquiera parpadean: tienen el pánico pegado a la espalda.
Se limitan a observar nuestra coraza tirada en el piso, y se adueñan todas ellas de una incapacidad absoluta por ayudar a reconstruirla.
Es que cuando eso sucede, se rompe la paz interior, se pierde el equilibrio, se desarman los esquemas, estallan en mil pedazos las contradicciones.
Cuando eso sucede, las mujeres que me conforman se desparraman dentro de mí. Resbalan, caen en oscuros precipicios, se pierden en selvas laberínticas, emanan rabias pasadas, fagocitan recuerdos futuros, se vuelven inflamables, inciertas, peligrosas. Deambulan por mi cuerpo sin rumbo preciso, se pierden en callejones inhóspitos, no hallan ni ganas ni fuerzas por encontrar una salida al caos en que se han visto sumidas por un simple resbalón.
Comprenderás entonces que no soy esa única mujer que ves. Comprenderás ahora mi pedido: si algún día llegás a ver trastabillar a esa mujer que atraviesa la puerta cada mañana, si la ves irse de bruces contra el piso, si al intentar ayudarla te muestra el fondo de unos ojos desvaídos e imprecisos, tendele la mano. Y ayudala a levantarse. Por ella y por todas las que somos, es menester que se rearme.

18 de noviembre de 2014

Palabras

Un tropel de palabras
llegó hasta la punta de mi lengua
para luego emprender la retirada.

Jinetes temerarios
en un instante fueron
jinetes temerosos.

Caballeros de armaduras
se convirtieron en inútiles
soldados de plomo.

Guerreros aguerridos
lloraron sus infancias
sobre hombros sin fusiles.

Un tropel de palabras
llegó hasta la punta de mi lengua,
algunas de ellas cayeron en picada.
Mi foto
Córdoba, Córdoba, Argentina
Guillermina Delupi© nació en San Luis en 1975, pero vive en Córdoba desde hace más de 20 años. En 2011 participó del Primer Certamen de Ensayos "Las Nuestras. Mujeres que hicieron historia en Córdoba" y su ensayo fue publicado en un libro que reunió todos los relatos ganadores. En diciembre de ese mismo año La Central, revista cordobesa de cultura, publicó su relato: "El hacedor de pollitos de colores". El diario Los Andes (Mendoza) publicó en 2012 el cuento "Noticia de una muerte" y en diciembre de 2013 la revista Rumbos digital publicó su relato "Las mujeres de mi familia". En 2014, la editorial Dunken incluyó su poema "De una vez" en la compilación "Letras del Face 3" y seleccionó “El hacedor de pollitos de colores” para integrar el libro de cuentos “Viajá conmigo”. En junio de 2014 ganó el 3° premio en el certamen literario nacional Paco Urondo y en septiembre del mismo año Marcel Maidana Ediciones editó su eBook de poesía: “Fantasmas de otros”. Ese año, también formó parte del jurado del primer certamen #CuentosTuitCba. Ah, su amiga Emma Gunst (emmagunst.blogspot.com.ar) publicó tres de sus poemas en el blog que reúne a mujeres poetas de todo el mundo y de todos los tiempos.