18 de febrero de 2013

La casa de nadie

El porqué o el cómo el hombre había terminado en aquella situación ya ni siquiera viene a cuento. El asunto es que había comprado la casa por un diez por ciento de su valor y lo que al principio había parecido el negocio del año, se terminó convirtiendo en una verdadera pesadilla.

La propiedad había sido testada a favor de una organización sin fines de lucro, pero el testamento nunca había sido entregado a un escribano para su lectura postmortem.  Pese a su falta de validez, el testamento desapareció en manos de algún integrante de la familia y el resultado fue que, además de quedar dentro del seno familiar, aquella casa no podría venderse o alquilarse nunca más. La casa no sería de nadie. Aún así, podría habitarse teniendo sumo cuidado en algunos pormenores, que a la sazón terminaron siendo no tan pormenores: había que evitar que los servicios fuesen cortados por falta de pago, pues sería imposible volver a darlos de alta. La ausencia de escritura había convertido a aquella propiedad lisa y llanamente en la casa de nadie.

Al principio, al hombre le bastó con mantener agendados en su libreta electrónica las fechas de pago correspondientes a cada uno de los servicios. Pero la preocupación porque no se los cortasen se convirtió en una verdadera obsesión el día que, por un descuido absurdo (o quizás por un incipiente -y sorpresivo para él- gusto a pararse en las cornisas), le cortaron la luz. Había esperado hasta el último día de pago para ir al banco,  pero un problema no resuelto a tiempo en la oficina le complicó la jornada y le impidió abonar la factura. Pasó toda la tarde descompuesto y casi sin poder concentrarse en sus tareas.

Para cuando se hizo la hora de salida, todo lo que visualizaba era el interruptor de luz ubicado en el ingreso de su hogar, en el judío barrio Lavapiés. Apuró las quince cuadras que lo separaban de su casa y ni siquiera se detuvo en el bar donde sus amigos de siempre le esperaban con unas cervezas.

Se paró frente a ella y dudó un instante. La mano le temblaba bajo el manojo de llaves. Con la puerta aún abierta, apretó el interruptor y lo peor sucedió: ni un halo de electricidad llegó a los filamentos metálicos de la lamparita. Se había quedado sin luz. Sentado aún en penumbras, con la cabeza entre las piernas, pensó que ya no había nada que hacer, más que resignarse. Tras desandar sus pasos calle abajo, llegó hasta el quiosco de la esquina, pidió varios paquetes de velas, preguntó en vano por una linterna y se llevó dos cajas de fósforos. Al día siguiente pasaría por algún negocio más provisto de los elementos que de ahora en adelante necesitaría para no pasar sus noches en penumbras.

Cenaba, se bañaba e intentaba leer a media luz. El acto casi reflejo de pararse frente a los interruptores de cada habitación en la que entraba y presionarlos, fue remplazado en poco tiempo por el ademán de raspar fósforos contra una caja. Las temporadas más tristes eran los inviernos, en los que el sol se ponía a las cinco de la tarde. Cambiaba entonces sus rutinas: se levantaba al alba y para las siete de la tarde ya estaba dormido. Vendió todos sus electrodomésticos. Se olvidó de planchar, cambió la heladera por una hielera, regaló su computadora de escritorio y apenas si llegaba al primer día de la semana con una línea de batería en su móvil, que cargaba en la oficina de lunes a viernes. Nunca más volvió a ver su programa favorito en la televisión y los Cds que dormían en un estante empezaron a llenarse de polvo.

Varios años después, cuando ya se había acostumbrado a vivir en penumbras, cuando había olvidado que alguna vez su casa iluminó la copa de unos árboles que se dejaban ver desde la ventana del salón principal, le asaltó el miedo por los otros servicios. ¿Y si la historia volvía a repetirse? ¿Si no podía evitar que le cortaran el resto? Sólo ese pensamiento -o quizás  fue un intento desesperado por deshacerse de su propia obsesión- encendió la mecha de un juego macabro. Recibidas las facturas con sus fechas de vencimiento correspondientes, esperaba hasta el último día para pasar por el banco a pagarlas. Era el arma de doble filo de un juego que, una vez perdido, no tenía retorno posible. Él lo sabía. Pero todavía así, lo repetía cada cambio de factura. Hasta que finalmente lo esperado sucedió.

Parecía como si en el fondo, él quisiera que realmente pasara. Quizás sentía el karma de haber sido cómplice en la historia de esa casa o tal vez simplemente fuera que puesto a perder, había que perderlo todo, sin quedarse con nada a cambio.

Cuando le cortaron el gas su resignación fue mucho más veloz. Los deliveries aumentaron sus trayectos al 885 de la calle De la Fe. Compró un brasero para la época invernal y se las arregló para bañarse lo justo y lo necesario en aquellas semanas en las que el frío arreciaba.  Después de todo, aún tenía agua.

Cuando por fin le cortaron el agua,  su vida se había transformado en un auténtico caos. Lo habían echado de su trabajo (las llegadas tardes se tornaron inadmisibles y su aspecto desaliñado no le ayudaba en su puesto de atención al cliente) y ya ni siquiera sus amigos le esperaban en el bar de siempre. Toda su apariencia se asemejaba cada vez más a uno de los tantos clochards que deambulaban sin sentido entre Lavapiés y el barrio Latino. Claro que él aún tenía un techo bajo el cual, aún sin agua, ni luz, ni gas, podía arrastrar su cuerpo cansado cada noche. Era la precariedad absoluta. Era como vivir en una prisión, pero peor. La falta de agua completó la trilogía de la desidia: la suciedad se aferró a pisos y muebles; la humedad por el encierro fue ganando las paredes. La oscuridad atrajo grandes cantidades de bichos bolita, que crujían bajo los pies del hombre a su paso. Las cucarachas avanzaban a campo traviesa entre los recovecos de la madera y las rejillas del baño. La falta de gas sumió a la casa entera en un halo de abandono y frialdad.

Pasaron siete años desde entonces. El hombre se enfermó y fue a parar a un hospital. Los médicos le diagnosticaron un cuadro agudo de esquizofrenia porque andaba por las veredas creyendo que pisaba bichos bolita y cucarachas y lo internaron en el centro de salud Puerta del ángel. El porqué o el cómo aquel hombre había terminado en aquella situación ya ni siquiera viene a cuento. El asunto es el porqué o el cómo terminé yo viviendo en esta pesadilla oscura y maloliente.
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Córdoba, Córdoba, Argentina
Guillermina Delupi© nació en San Luis en 1975, pero vive en Córdoba desde hace más de 20 años. En 2011 participó del Primer Certamen de Ensayos "Las Nuestras. Mujeres que hicieron historia en Córdoba" y su ensayo fue publicado en un libro que reunió todos los relatos ganadores. En diciembre de ese mismo año La Central, revista cordobesa de cultura, publicó su relato: "El hacedor de pollitos de colores". El diario Los Andes (Mendoza) publicó en 2012 el cuento "Noticia de una muerte" y en diciembre de 2013 la revista Rumbos digital publicó su relato "Las mujeres de mi familia". En 2014, la editorial Dunken incluyó su poema "De una vez" en la compilación "Letras del Face 3" y seleccionó “El hacedor de pollitos de colores” para integrar el libro de cuentos “Viajá conmigo”. En junio de 2014 ganó el 3° premio en el certamen literario nacional Paco Urondo y en septiembre del mismo año Marcel Maidana Ediciones editó su eBook de poesía: “Fantasmas de otros”. Ese año, también formó parte del jurado del primer certamen #CuentosTuitCba. Ah, su amiga Emma Gunst (emmagunst.blogspot.com.ar) publicó tres de sus poemas en el blog que reúne a mujeres poetas de todo el mundo y de todos los tiempos.