16 de octubre de 2011

La mora caída


Los veranos en San Pedro eran intolerables. Clima árido por demás, polvo hacia donde uno mirase, y una infancia encendida a todas luces, que pretendía llevarse el mundo por delante.Desde mis escasos años de vida, las calles desérticas de aquel caserío sólo me remitían a pueblos abandonados de películas del Lejano Oeste, donde los cardos rodaban por calles de tierra y el viento seco pegaba de lleno en las caras de quienes se atrevían a hacerle frente.
Todas las casas estaban en sintonía: los pisos eran de tierra, el lugar de las puertas era ocupado por cortinas y ninguna de ellas pasaba del revoque grueso en sus paredes; al pueblo no llegaba la luz eléctrica y un sinnúmero de faroles a kerosene iban iluminando los hogares en una suerte de dominó gigante cuando la luz del sol empezaba su retirada e iba oscureciendo, una a una, todas las fachadas.
Inmensos y solitarios montes poblados de diminutos arbustos -de aspecto peloso y flores de color amarillo vivo- esperaban cada tarde a los más pequeños, en lo que era un juego de los tantos que inventábamos a falta de vidrieras o televisores. Juntar con nuestras propias manitos la jarilla que acababa convertida luego, en las manos laboriosas de nuestras madres, en frondosas escobas.
Casi todas las familias tenían en sus patios modestas quintas, encargadas de proveer las verduras frescas. En una que otra casa se podían observar también gallinas, conejos y cerdos.
Pero la nuestra, sin lugar a dudas era la que daba la nota: había, además, teros, dos nutrias, una cabra llamada Claudia, un lechuzo pequeño que respondía al nombre de Saturnino y por supuesto Valentina, la vaca.
Una sola cosa hacía que el pueblo entero enmudeciera de punta a punta: desde los niños hasta los animales. Era la hora de la siesta.
El silencio que reinaba en el poblado a la hora de la siesta era absoluto. No volaba ni una sola mosca en ninguna de las casas vecinas. Sólo se oía uno que otro pájaro a lo lejos. Durante ese periodo, el tiempo parecía detenerse en las paredes gastadas de la habitación y apelábamos a los instintos más primarios de nuestra imaginación para no morir de aburrimiento. Mirando el techo estudiamos minuciosamente las extrañas formas que pueden adquirir determinadas manchas, y tocando insectos -con palitos y a prudente distancia-, aprendimos a controlar nuestros miedos más primitivos.
El movimiento en la habitación del lado nos sacaba del impuesto letargo y le devolvía la movilidad al tiempo. Con mi hermano, saltábamos presurosos de nuestras camas y nos alistábamos para la mayor de las aventuras.
Llegar al lugar nos tomaba unos treinta minutos, pero que bien valían el esfuerzo y la larga caminata bajo el sol.
Una acequia rodeada de pasto nos esperaba cada tarde. Sobre ella, el mejor de los deleites: una planta de moras suspendida sobre la zanja, que con sus frutos carnosos, blandos, agridulces, ensombrecía el canal y mantenía el agua fuera del alcance de los rayos del sol.
Ni bien divisado, nos lanzábamos a la carrera. La ropa iba quedando desparramada al lado del camino y ya ni siquiera oíamos el "¡despacio, chicos!" de mi madre.
La habíamos bautizado "La mora caída" pues sus largas ramas acariciaban el agua con suaves movimientos en lo que parecían largos y pasmosos brazos bailando al son de una brisa que iba y venía de una punta a la otra de la acequia. Cada tarde llegábamos con la incertidumbre de no saber si aún estaría allí: la planta parecía de a ratos a punto de venirse abajo… pero nunca cedía.
Un sacrificado gajo soportaba nuestros juegos más insólitos. Las moras saltaban del árbol al son de nuestros intrépidos balanceos y se echaban al agua, sedientas y acaloradas. Eran canicas, balas, crayones y hasta diminutos hombrecillos dignos de ser rescatados de los caudalosos rápidos a los que eran empujados por temerosos animales de la selva.
Tendidos a la sombra de aquel viejo árbol pasamos los momentos más lindos de nuestra niñez. Al lado de una acequia que mi mente emparentó siempre más con un río que con un diminuto canal, alimentamos nuestros sueños y nuestros estómagos. 
Muchos años más tarde volví a San Pedro. Era verano, el calor seguía siendo insoportable. Con ansias corrí hasta el que fuera nuestro tesoro más preciado (y hasta me pareció escuchar la voz de mi madre -como un eco lejano- pidiéndome que fuera más despacio). Me detuve en seco. Todas las imágenes que había conservado intactas se derrumbaron tras un par de parpadeos atónitos. El aroma agridulce de aquellos frutos morados que perfumaran mi infancia -y que mi memoria no había querido nunca olvidar- desapareció con la primera bocanada de aire que pude tomar.
“La mora caída” ya no estaba ahí. La acequia había desaparecido. Quizás algún lugareño, cansado de esperar una caída natural que nunca se producía, había terminado con ella en solo unos cuantos hachazos.
En su lugar, sólo quedaban los restos de mi infancia... y un par de moras caídas.

Por amor al arte


Llevan no menos de 20 días repitiendo el mismo ritual. Todos los días, al dar las cinco en punto de la tarde, ella se sienta sobre sus rodillas, estira su falda, se acomoda el pelo, cruza una pierna sobre la otra y apoya ambas manos sobre su regazo. Luego duda un poco. Saca una de sus manos y la pasa por detrás del cuello del muchacho, de manera tal que pareciera que lo abraza.
Él ni siquiera la mira. Soporta el peso de ella sobre sus piernas como quien realiza una tarea metódica. Tiene los pies muy juntos, las rodillas pegadas una contra la otra. La espalda muy recta. Sólo una de sus manos la roza y se apoya al descuido sobre las caderas de la muchacha. La otra descansa, inmóvil, a uno de los lados. Sus ojos miran al frente, a un frente infinito que se pierde en la nada. Unos ojos que ni siquiera reparan en la vista de ella, clavada en su boca, apenas entreabierta.
Ambos respiran al unísono, se confunden y amalgaman de manera casi perfecta. Pero es sólo ella quien se percata. Quien siente ambos latidos cabalgar hacia el mismo horizonte imaginario. Él parece más bien ensimismado en vaya a saber qué pensamientos.
Ninguno de los dos se mueve. Pero ella lo observa detenidamente. Su cara es de una simetría casi perfecta. Sus cejas anchas visten los ojos más bellos que nunca antes ha visto. Repasa con cuidado sus pómulos altos, la nariz alargada y fina. Se detiene más en sus labios. Quiere besarlos.
La mano que tiene sobre la nuca de él parece perder el control de a ratos. Se mueve con disimulo, hace de cuenta que se acomoda pero busca acariciar imperceptiblemente su cuello; un cuello que al tacto es suave como la piel de un bebé.
El muchacho mueve de manera mecánica una de las piernas sobre las que ella está sentada. Ella siente cómo ese movimiento acrecienta el caudal de sangre en su cuerpo y llega disparado al corazón, haciéndolo latir cada vez con más fuerza. Entonces teme que él se dé cuenta, que sienta que algo está sucediendo y que de repente la mire. No es que ella no quiera encontrar su mirada, pero tiene miedo. El miedo complica a veces las cosas y la muchacha decide que no debe perder el control. Nada le garantiza que todo este caudal de sensaciones que ahora se han adueñado de su cuerpo tenga un correlato en él. Y las garantías, en estos asuntos, no son poco.
Respira hondo un par de veces y vuelve a acomodar su cuerpo sobre el de él.
Pero ahora es otra la mano que se mueve. La mano en su cadera se despega, solo un poco, alejando uno a uno los dedos y volviendo a ponerlos cada uno en su lugar, como si se desperezasen. Sólo ese gesto ha bastado para echar por tierra todos los intentos de control y calma de la muchacha.
Le atacan unas ganas irrefrenables de torcerle la cara, de obligarlo a que la mire, de gritarle que la bese. De exigirle que la sienta.
Pero él ni se ha inmutado: más allá de ese gesto casi automático, mantiene estoica su postura y su mirada al frente.
Ella se desespera. Todo su cuerpo pide a gritos que él la reconozca. Quiere romper con esa inmovilidad impuesta (están tan cerca uno del otro… ¿de qué está hecho ese abismo que los separa?).
Y nada sucede. No hay un solo indicio de que él vaya a notarla siquiera alguna vez.
Aún así ella no pierde las esperanzas. Todavía tiene tiempo. Tiempo de enamorarlo. De hacerle sentir todo lo que ella siente por él. De contagiarle sus ganas más primitivas.
Todavía tiene tiempo. No ya las horas que le quedan a este día para que se acabe y la figura que juntos conforman tenga que deshacerse, pero sí, quizás, el tiempo que le falta al pintor para dar por concluida su obra maestra.
Al fin y al cabo ellos dos no son más que la ínfima parte de un lienzo compuesto por nueve personajes, un jarrón azul y dos cortinas verdes que visten el salón central del Palacio de Versalles.

Mi foto
Córdoba, Córdoba, Argentina
Guillermina Delupi© nació en San Luis en 1975, pero vive en Córdoba desde hace más de 20 años. En 2011 participó del Primer Certamen de Ensayos "Las Nuestras. Mujeres que hicieron historia en Córdoba" y su ensayo fue publicado en un libro que reunió todos los relatos ganadores. En diciembre de ese mismo año La Central, revista cordobesa de cultura, publicó su relato: "El hacedor de pollitos de colores". El diario Los Andes (Mendoza) publicó en 2012 el cuento "Noticia de una muerte" y en diciembre de 2013 la revista Rumbos digital publicó su relato "Las mujeres de mi familia". En 2014, la editorial Dunken incluyó su poema "De una vez" en la compilación "Letras del Face 3" y seleccionó “El hacedor de pollitos de colores” para integrar el libro de cuentos “Viajá conmigo”. En junio de 2014 ganó el 3° premio en el certamen literario nacional Paco Urondo y en septiembre del mismo año Marcel Maidana Ediciones editó su eBook de poesía: “Fantasmas de otros”. Ese año, también formó parte del jurado del primer certamen #CuentosTuitCba. Ah, su amiga Emma Gunst (emmagunst.blogspot.com.ar) publicó tres de sus poemas en el blog que reúne a mujeres poetas de todo el mundo y de todos los tiempos.