16 de octubre de 2011

Por amor al arte


Llevan no menos de 20 días repitiendo el mismo ritual. Todos los días, al dar las cinco en punto de la tarde, ella se sienta sobre sus rodillas, estira su falda, se acomoda el pelo, cruza una pierna sobre la otra y apoya ambas manos sobre su regazo. Luego duda un poco. Saca una de sus manos y la pasa por detrás del cuello del muchacho, de manera tal que pareciera que lo abraza.
Él ni siquiera la mira. Soporta el peso de ella sobre sus piernas como quien realiza una tarea metódica. Tiene los pies muy juntos, las rodillas pegadas una contra la otra. La espalda muy recta. Sólo una de sus manos la roza y se apoya al descuido sobre las caderas de la muchacha. La otra descansa, inmóvil, a uno de los lados. Sus ojos miran al frente, a un frente infinito que se pierde en la nada. Unos ojos que ni siquiera reparan en la vista de ella, clavada en su boca, apenas entreabierta.
Ambos respiran al unísono, se confunden y amalgaman de manera casi perfecta. Pero es sólo ella quien se percata. Quien siente ambos latidos cabalgar hacia el mismo horizonte imaginario. Él parece más bien ensimismado en vaya a saber qué pensamientos.
Ninguno de los dos se mueve. Pero ella lo observa detenidamente. Su cara es de una simetría casi perfecta. Sus cejas anchas visten los ojos más bellos que nunca antes ha visto. Repasa con cuidado sus pómulos altos, la nariz alargada y fina. Se detiene más en sus labios. Quiere besarlos.
La mano que tiene sobre la nuca de él parece perder el control de a ratos. Se mueve con disimulo, hace de cuenta que se acomoda pero busca acariciar imperceptiblemente su cuello; un cuello que al tacto es suave como la piel de un bebé.
El muchacho mueve de manera mecánica una de las piernas sobre las que ella está sentada. Ella siente cómo ese movimiento acrecienta el caudal de sangre en su cuerpo y llega disparado al corazón, haciéndolo latir cada vez con más fuerza. Entonces teme que él se dé cuenta, que sienta que algo está sucediendo y que de repente la mire. No es que ella no quiera encontrar su mirada, pero tiene miedo. El miedo complica a veces las cosas y la muchacha decide que no debe perder el control. Nada le garantiza que todo este caudal de sensaciones que ahora se han adueñado de su cuerpo tenga un correlato en él. Y las garantías, en estos asuntos, no son poco.
Respira hondo un par de veces y vuelve a acomodar su cuerpo sobre el de él.
Pero ahora es otra la mano que se mueve. La mano en su cadera se despega, solo un poco, alejando uno a uno los dedos y volviendo a ponerlos cada uno en su lugar, como si se desperezasen. Sólo ese gesto ha bastado para echar por tierra todos los intentos de control y calma de la muchacha.
Le atacan unas ganas irrefrenables de torcerle la cara, de obligarlo a que la mire, de gritarle que la bese. De exigirle que la sienta.
Pero él ni se ha inmutado: más allá de ese gesto casi automático, mantiene estoica su postura y su mirada al frente.
Ella se desespera. Todo su cuerpo pide a gritos que él la reconozca. Quiere romper con esa inmovilidad impuesta (están tan cerca uno del otro… ¿de qué está hecho ese abismo que los separa?).
Y nada sucede. No hay un solo indicio de que él vaya a notarla siquiera alguna vez.
Aún así ella no pierde las esperanzas. Todavía tiene tiempo. Tiempo de enamorarlo. De hacerle sentir todo lo que ella siente por él. De contagiarle sus ganas más primitivas.
Todavía tiene tiempo. No ya las horas que le quedan a este día para que se acabe y la figura que juntos conforman tenga que deshacerse, pero sí, quizás, el tiempo que le falta al pintor para dar por concluida su obra maestra.
Al fin y al cabo ellos dos no son más que la ínfima parte de un lienzo compuesto por nueve personajes, un jarrón azul y dos cortinas verdes que visten el salón central del Palacio de Versalles.

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Córdoba, Córdoba, Argentina
Guillermina Delupi© nació en San Luis en 1975, pero vive en Córdoba desde hace más de 20 años. En 2011 participó del Primer Certamen de Ensayos "Las Nuestras. Mujeres que hicieron historia en Córdoba" y su ensayo fue publicado en un libro que reunió todos los relatos ganadores. En diciembre de ese mismo año La Central, revista cordobesa de cultura, publicó su relato: "El hacedor de pollitos de colores". El diario Los Andes (Mendoza) publicó en 2012 el cuento "Noticia de una muerte" y en diciembre de 2013 la revista Rumbos digital publicó su relato "Las mujeres de mi familia". En 2014, la editorial Dunken incluyó su poema "De una vez" en la compilación "Letras del Face 3" y seleccionó “El hacedor de pollitos de colores” para integrar el libro de cuentos “Viajá conmigo”. En junio de 2014 ganó el 3° premio en el certamen literario nacional Paco Urondo y en septiembre del mismo año Marcel Maidana Ediciones editó su eBook de poesía: “Fantasmas de otros”. Ese año, también formó parte del jurado del primer certamen #CuentosTuitCba. Ah, su amiga Emma Gunst (emmagunst.blogspot.com.ar) publicó tres de sus poemas en el blog que reúne a mujeres poetas de todo el mundo y de todos los tiempos.