9 de agosto de 2009

El club de la ruleta rusa

Un giro desenfrenado y veloz fue la respuesta al golpe en seco que segundos antes le había propiciado la palma de su mano al tambor. Una vez que se detuvo, éste se preparó para dar el golpe de gracia en la sien de su víctima. ¿Sería ésta la última? Con cada disparo era igual: la misma adrenalina corriéndole por las venas y saliéndosele del cuerpo; el mismo sudor frío desfilando, calle abajo, por su frente. El sabor dulce y agudo, invariable, que le empezaba en la punta de la lengua y bajaba por su garganta hasta hacerse un montón de nudos en la boca del estómago. Luego, lo de siempre: la bala atrapada en el conducto de al lado y un silencio hueco al martillar el arma que volvía a dejarle con vida y le obligaba a entregar el adminículo a su contrincante. 
El juego nunca duraba más de dos o tres disparos y siempre se resolvía con su oponente cayendo al piso con una bala metida en el medio del cráneo. Y la cosa ya había hasta empezado a fastidiarle un poco, a decir verdad. No es que tuviese serias intenciones de morir. En realidad, hasta se me ocurre que jamás lo pensó muy sensatamente y en su afán por demostrar su valentía, allá iba cada martes a la noche, al encuentro con la mismísima muerte. 
Octavio nunca había tenido demasiada suerte y al parecer esta no era la excepción de la regla pues hasta la muerte le pasaba por el costado cada vez que él la provocaba, evadiéndole como lo hacen los toreros, manto rojo en mano -una y otra vez-, esquivando a los pobres animales que embisten la tela hasta caer muertos o ser los vencedores. 
El árbitro -o referí, quién sabe el nombre que le darían- de cada uno de los juegos era un perito en la materia; y así lo hacía notar toda vez que podía, dejando al descubierto el surco que le cruzaba de lleno la cara, fruto de una bala mal disparada o de un pulso que tembló en el momento equivocado, rayándole literalmente el rostro desde la punta izquierda de su mandíbula y trazándole una especie de zanja que terminaba justo en la punta de su ceja derecha. 
El dinero que Octavio ganaba en estos juegos sombríos era mal habido y él lo sabía, pero se lo arrebataba de las manos a la propia muerte y eso era suficiente para que se lo llevara con la frente bien en alto: nadie salía tan airoso como él después de tantas pulseadas cara a cara con la más mortal de todas las mujeres.
Cada martes a la noche era un ritual ineludible para Octavio y allá iba, siempre a la misma hora, sin saber a ciencia cierta si esa sería su última noche con vida o si el oponente que le tocara en suerte ganaría la pulseada dejando su propio charco de sangre esparciéndose por la baldosa blanca recién lavada.
Cada martes, muy temprano en la mañana, dejaba todo en orden por si acaso, y partía rumbo a su trabajo. Y como cada martes antes de salir de él, se despedía de una manera casi trágica de Elena, una de sus compañeras de oficina, de quien estaba profundamente enamorado. Ella había sido la artífice de la renuncia de Octavio a su antiguo trabajo, un cómodo puesto en una empresa de agroquímicos, que dejó de lado para entrar como oficinista de poca monta a la compañía en la que Elena ocupaba la gerencia del área de personal. 
Desde la primera vez que la vio bebiendo su café en el bar que los cruzaría por tantos años cada mañana a las ocho en punto, no pudo dejar de mirarla. Y no paró hasta averiguar dónde trabajaba. Y no se detuvo hasta hacer que lo contratara.  
Pero ella apenas lo registraba pues sólo tenía ojos para el jefe de mantenimiento, Héctor, de quien pasaba horas y horas hablando con sus amigas al teléfono. 
Cada martes, entonces, reunía todo su valor y se acercaba al escritorio de Elena con alguna excusa para terminar siempre diciéndole: hoy ha sido un buen día, ¿no crees? Ojalá nos veamos mañana. Adiós. Y no es que sus despedidas -las de cada martes- fuesen gran cosa, pero esa era la manera que él había encontrado de entrar en contacto con ella, a quien nunca se atrevía a hablarle. Ni siquiera del clima en el ascensor que de vez en cuando los acercaba. 
Sólo ese día de la semana él lograba reunir el coraje de hacerlo, aunque no fuesen más que palabras tontas y sinsentido para quien siempre le llamaba por su apellido porque nunca le había aprendido el nombre de pila. 
Elena lo miraba impávida, como solía mirarle cada vez que él aparecía. Emitía una mueca que se asemejaba -sólo un poco- a una sonrisa de medio lado y lo dejaba irse, feliz él, de haber establecido contacto. Pero ella no era -ni remotamente- el motivo de su “hobby” predilecto, de su placer por las armas o de su locura desmedida por el suicidio. Elena había venido después, pero ni siquiera los sentimientos que ahí aparecieron aplacaron su necesidad de ir a batirse a duelo con la muerte cada semana. 
Aunque él no lo supiese a ciencia cierta, había sido su padre quien lo adentrara en el oscuro mundo de los juegos con armas mortales. Había sido él, cuando Octavio, con sus escasos cinco años de edad y su incapacidad para comprender el mundo adulto, lo viese por la mirilla de la cerradura por la que tenía prohibido espiar, tomar un arma y disparar dentro de su boca la única bala que había dentro del Smith & Wesson de plata que tan sigilosamente guardaba en su escritorio. Había sido él; él y su sangre esparciéndose por la alfombra marrón de aquella habitación, que ese niño convertido ahora en adulto, nunca olvidaría. Había sido esa inmensa mancha roja que iba hundiendo la habitación en un manto de tinieblas a medida que crecía, la culpable de que Octavio retase a duelo cada martes a la muerte, en intentos desesperados por expiar la conducta de su padre y borrar así la huella delo sucedido. 
El martes 28 de septiembre, Octavio amaneció distinto, tal vez como un presagio de lo que esa noche ocurriría: se levantó a la hora de siempre, desayunó en el living mirando las noticias del día en la TV, ordenó sus papeles y despidió a sus perros con el candor de cada mañana. Aún así, su cuerpo se sentía extraño, más liviano. 
Una vez sentado frente a su escritorio lidió con las tareas habituales pero desde una perspectiva que no dejó de asombrarle: siempre había sido un tanto timorato a la hora de resolver determinados asuntos y no dejaba de acudir a sus pares cada vez que la ocasión así lo requiriese -lo cual era todo el tiempo-, pero ese día se sentía con la capacidad suficiente para resolver lo que se le presentase sin la ayuda de sus compañeros de oficina. 
Tuvo entonces una rara sensación de poderío y hubiese querido que no terminase. Nunca, en toda su vida, se había sentido de tal manera. Y tal era su júbilo que, llegada la hora en la que debía despedirse de Elena, pensando como siempre que quizás fuese la última vez que la vería, llegó hasta su escritorio con tal impronta que ella, lejos de la impavidez, se quedó mirándole, estupefacta, y antes que pudiese articular palabra se encontró con los labios de Octavio tan cerca de los suyos que sólo pudo oírse un quejido lejano y apagado. Después de eso, un beso largo y un hasta mañana que retumbó en los cubículos ya vacíos como un eco. 
Cuando se separaron, en un gesto casi imperceptible para Octavio, ella le tironeó la manga del saco en lo que fue un intento para retardar la partida. Pero él ya se estaba yendo. 
Esa noche Octavio entró a sus anchas por la puerta que daba al club. Los allí presentes le saludaron con el respeto de quien lleva invictos todos los martes de su vida y sólo atinaron a rogar por lo bajo que Octavio no fuese su oponente esa noche. El duelo era sólo uno por pareja, como cada semana: se contaba la cantidad de participantes y se dividían en pares. Las apuestas iban subiendo a medida que el tambor iba girando sin dejar muertos y mientras más duraba la ronda, más alta era la cantidad que se llevaba el que quedaba vivo. El club era muy riguroso a la hora de firmar los contratos y no debía haber nadie que dejase deudos que más tarde hubiesen de reclamar un dinero que no les correspondía. Además, debía estar claro que los fallecidos tenían una carta de suicidio firmada en sus hogares -de las que el club, por supuesto, tenía copias- por si acaso no fuesen ellos los vencedores.
Cuando Octavio se sentó a la mesa, un halo de convencimiento lo cubrió. No tenía la incertidumbre de cada noche. Es decir: siempre había tenido la adrenalina de no saber si sería esa la última, el sudor frío corriéndole por la frente. Pero esta vez supo a ciencia cierta, que no sería él quien se levantaría de la mesa, victorioso, con el dinero de su oponente engrosando sus bolsillos. Quizás lo sabía desde que se levantó esa mañana y desayunó en su living, o en el momento que resolvió aquellos casos que se le plantearon sin ayuda de nadie, o cuando besó por primera (y única) vez a Elena. Quizás. 
Entonces tomó el arma de aquella mesa cuyo mantel verde se asemejaba mucho al green de los campos de golf, miró a su oponente, miró al árbitro de la pulseada que, con su cara partida al medio por aquella espantosa cicatriz, daba inicio al juego y sonrió. 
Hizo girar el tambor del Smith & Wesson que siempre elegía para sus duelos y esperó hasta que éste se hubo detenido por completo; colocó la punta del arma en su sien y, sin titubear, jaló del gatillo. Un sonido seco se oyó en el fondo del salón. Octavio no supo cuánto tiempo pasó hasta que empezó a sentir el líquido caliente y húmedo que ya corría por un costado de su sien, resbalando por toda su cara y nublándole la vista. No podía pensar. Estaba aturdido. Los oídos le zumbaban. Miró nuevamente a su oponente y al árbitro, y sólo en el reflejo de sus rostros pudo hilar lo que estaba sucediendo. Corrió la silla hacia atrás y se levantó, pero una negrura que nunca antes había visto -si es que vale la contradicción- le cerró el camino y todo se apagó. 
Finalmente Octavio no murió. Lo sé porque lo visito cada martes en el hospital central de la ciudad. Por suerte no está en estado vegetativo pero no puede articular palabra. Llego y me mira con sus ojos perdidos. No sé si logra reconocerme. No sé si sabe que soy la misma persona que cada martes vuelve a contarle las noticias de la semana. Los médicos dicen que la bala atravesó su lóbulo frontal y que perdió su capacidad de habla: afasia, la llaman. Tampoco es capaz de escribir lo que piensa o siente. Está literalmente incomunicado con el mundo exterior. 
Yo me siento frente a él y me pierdo dentro de sus ojos desesperados, que son los únicos capaces de comunicarse con el resto de los mortales. Y me interno dentro de ellos, que me cuentan una y otra vez la misma historia: ese era mi último martes en el club de la ruleta rusa. Después de ese, iba a abandonarlo todo… iba a dejarlo todo.

1 comentario:

Camilo dijo...

Tremendo relato. Me gustó el cierre.
Seguiré recorriendo tu cuaderno.

Mi foto
Córdoba, Córdoba, Argentina
Guillermina Delupi© nació en San Luis en 1975, pero vive en Córdoba desde hace más de 20 años. En 2011 participó del Primer Certamen de Ensayos "Las Nuestras. Mujeres que hicieron historia en Córdoba" y su ensayo fue publicado en un libro que reunió todos los relatos ganadores. En diciembre de ese mismo año La Central, revista cordobesa de cultura, publicó su relato: "El hacedor de pollitos de colores". El diario Los Andes (Mendoza) publicó en 2012 el cuento "Noticia de una muerte" y en diciembre de 2013 la revista Rumbos digital publicó su relato "Las mujeres de mi familia". En 2014, la editorial Dunken incluyó su poema "De una vez" en la compilación "Letras del Face 3" y seleccionó “El hacedor de pollitos de colores” para integrar el libro de cuentos “Viajá conmigo”. En junio de 2014 ganó el 3° premio en el certamen literario nacional Paco Urondo y en septiembre del mismo año Marcel Maidana Ediciones editó su eBook de poesía: “Fantasmas de otros”. Ese año, también formó parte del jurado del primer certamen #CuentosTuitCba. Ah, su amiga Emma Gunst (emmagunst.blogspot.com.ar) publicó tres de sus poemas en el blog que reúne a mujeres poetas de todo el mundo y de todos los tiempos.